domingo, 13 de abril de 2014

decena trágica (parte tres)

Acto 5
A medida que el presidente de la república, don Francisco I. Madero, seguido de sus ayudantes y escoltado por los alumnos del colegio militar, va acercándose al centro de la ciudad, la gente de todas las condiciones sociales, lo vitorea entusiasmamente y se va uniendo a su séquito voluntario, sin cesar de lanzar estentóreos vivas para el, personalmente, y también como presidente de la república.
A penas se había rebasado el monumento a Carlos IV, que aun existe en la confluencia de las calles de Bucareli y Juárez, cuando, saliendo de entre la multitud, aparece un hombre evidentemente civil, que porta en la mano diestra una bandera nacional que ondea entusiasta, mientras vitorea al señor Madero. Se para precisamente frente al Presidente y respetuosamente le hace entrega de la bandera de la patria que lleva, misma que recoge amablemente. Madero llevándola levantada con su mano derecha, sigue la marcha hacia el palacio nacional, en medio de los vítores y las aclamaciones del pueblo metropolitano.
Cuando la comitiva que marcha rodeando a Don Francisco I. Madero llega a la alameda central, se escuchan varios disparos de fusil. El capitán Montes, ayudante del señor presidente, se adelanta y, poniéndose al lado de su jefe, le informa:
-Señor presidente, hay gente enemiga apostada en el teatro nacional, y no sabemos si también la haya en algunos edificios de las calles de San Francisco y Plateros. Convendría que hiciéramos un alto y que usted espera en algunas casa de las de por aquí cerca, mientras efectuamos un recorrido del terreno.
Ante la prudencia del consejo, el señor Madero accede y echa pie a tierra y, luego acompañado de sus ayudantes y de otras personas de las que se le han unido en el trayecto recorrido, penetra en la casa en que estuvo establecida la Fotografía Daguerre.
Es recibido cordialmente por los dueños del establecimiento, que lo ponen a las ordenes del Presidente, y este, tras de hablar brevemente con algunos de sus acompañantes, entre los que ya se encuentran a esas horas su hermano, el señor Gustavo Madero, y el general Victoriano Huerta, que va uniformado de caqui de campaña, se dirige al balcón del establecimiento, acompañado de su hermano Gustavo y del general Huerta, así como de otras personas de su sequito, para saludar a la multitud que se ha congregado en la calle, en la que han quedado los alumnos del Colegio militar, en alerta, así como los asistentes que cuidan los caballos en que han hecho el recorrido Madero y sus ayudantes.
Mientras esta el presidente saludando a la multitud reunida en la calle, vitoreándolo entusiasmadamente, el general Victoriano Huerta le dice:
-Señor presidente, creo que ya le habrán informado a usted de la muerte del general Bernardo Reyes y de que en la refriega frente al palacio resulto herido el general Lauro Villar.
-no sabia que estuviera herido el general Villar –contesto el señor Madero, evidentemente sorprendido por esta última novedad.
-no es nada grave, según parece –informo el general Huerta.; le dieron un balazo en un hombro; pero de todas maneras, creo que tendrá que retirarse, no podrá continuar así. Yo estoy a sus órdenes.
-General Huerta –expreso el presidente Madero-, hágase cargo de la comandancia militar de la plaza. Y usted, general Peña, tome nota de esta nueva comisión encomendada al general Huerta.
A los pocos instantes llego el capitán Montes, ayudante del presidente Madero, quien había salido en recorrido de exploración, a efecto de darse cuenta de la situación real que prevalecía en el trayecto que había de recorrer el señor Madero. Así que estuvo de nuevo delante de su jefe, cuadrándose marcialmente, informo:
-Señor presidente, no hay enemigo en el camino que debe seguirse hasta palacio; puede usted continuar su recorrido.
Al enterarse de aquella buena nueva, el presidente, de inmediato, ordeno que se reanudara la marcha y tal como lo expreso lo hizo, despidiéndose cortésmente de las personas que tenían a su cargo la Fotografía Daguerre y que, según les manifestó el, tan gentilmente lo habían hospedado.
En la calle, en donde habían quedado los cadetes del colegio militar, el presidente monta en su caballo y, cuando todos sus acompañantes hacen otro tanto, la columna reanuda la marcha siguiendo en el mismo dispositivo que habían traído anteriormente. A los breves momentos de caminar por la calle de San Francisco y Plateros, hoy avenida Francisco I. Madero, desembocaron el señor presidente y su sequito en el zócalo.
     Para el presidente y para otros muchos de los que con el venían, el espectáculo que presentaba el zócalo y especialmente la parte frontera del palacio nacional, con los cadáveres tirados en un macabro dislocamiento, fue algo positivamente impresionante.
     Al llegar Madero frente al palacio nacional y enderezar la marcha de su caballo hacia la puerta, el general Lauro Villar, con la manga del saco correspondiente al hombro herido empapada en sangre y sujetando fuertemente la herida un pañuelo también ya empapado, se adelanto sobresaliendo a la línea de tiradores pecho a tierra que todavía estaba en el mismo dispositivo que tenían cuando murió el general Bernardo Reyes. Se planto serena y gravemente delante del presidente Madero y le rindió parte de novedades en la siguiente forma:
     -Señor presidente, hemos recuperado el palacio nacional y hemos rechazado a los traidores. Murió el general Bernardo reyes y tengo prisionero al general Gregorio Ruiz.
     -¡que hombrote es usted general Villar! –exclamo agradecido el presidente Madero.
     -No, señor presidente; los hombrotes son estos soldados que están ahí, en la cadena de tiradores –repuso el general Villar.
     -Valla usted a curarse, general Villar. El general Huerta se hará cargo de la situación.
     -Muy bien señor presidente –contesto el general Villar y volviéndose hacia el general Huerta, le dijo-: ¡Mucho cuidado Victoriano!
     -¡No tengas cuidado, Lauro! –respondió el general Huerta, gravemente.
     El presidente, seguido por numerosas personas de las que habían llegado hasta el palacio, acompañándolo penetro al recinto de aquel macizo edificio y se encamino a sus oficinas para desde ahí controlar las cosas y reanudar el trabajo.
     Mientras tanto, abajo, en el cuarto en que estaba prisionero, el rebelde general Gregorio Ruiz, se ve a este sentado en una silla aparentemente en descanso, pero, en efecto, cavilando con gravedad.
     Entra el capitán Aldana al cuarto en que este prisionero el general Ruiz, seguido de un piquete de soldados que llevan el arma terciada, y dirigiéndose al reo, le dice:
     -Mi general, tengo orden de pasarlo a usted por las armas
     -¿a quien? ¿A mi? –responde casi gritando de asombro el general Ruiz.
     -Si, señor, a usted –afirma el capitán Aldana.
     -¿Cuándo?
     -Ahora mismo.
     -Pero… ¿Quién lo ordeno? –inquiere el preso, que esta ahora muy pálido.
     -El señor presidente de la Republica –le contesta firmemente el capitán Aldana.
     -Eso no puede ser –exclama Ruiz, aterrado
     -Así es, señor –manifiesta Aldana dando un paso hacia adelante.
     -Soy diputado y tengo fuero –vuelve a gritar el general Ruiz, con evidente pánico.
     -Yo no se nada –declara el capitán Aldana-; solo obedezco las órdenes que se me han dado.
     -Deseo hacer testamento –dice Ruiz, simulando aplomo -. Tengo que disponer de lo necesario en estos casos.
     -Nada de eso se puede hacer, mi general.
     -soy cristiano; necesito un confesor –ruega ahora el general Ruiz.
     -Mi general, dispóngase usted a seguirme y no me obligue a que emplee con usted la fuerza –dice ya con energía respetuosamente el capitán Aldana-. Como militar que es, debe afrontar la muerte con serenidad.
     -Tiene usted razón, capitán –dice el general Ruiz resignado y con dignidad-. Estoy a sus órdenes.
     Se levanta y marcha hasta colocarse en medio de soldados que esperan impasibles.
     El capitán Aldana, tomando su colocación, ordena: -¡Media vuelta! ¡Derecha! ¡De frente! ¡Hileras a la izquierda! ¡Marchen!
     Y se ejecuta con ritmo seco y enérgico lo ordenado.
Solo el choque violento de los pies, acompasadamente, rompe el silencio imponente de aquel minuto.
     Pasan marchando por los patios de palacio y los transponen hasta llegar al jardín trasero; en el fondo del jardín esta el paredón que muestra las trágicas lascas de impactos que hablan claro y alto de por que y como fueron causados.
     -¡Alto! –ordena el capitán Aldana y, dirigiéndose al general Ruiz, le dice, impersonalmente, con fría sobriedad -: Su lugar, enfrente.
     -Ya lo se, capitán –dice Ruiz y agrega-: ¿Me permite mandar mi ejecución?
-No hay inconveniente –declara Aldana.
     Los soldados se han formado frente al reo que avanzo y dando media vuelta da la cara al pelotón; cargan sus armas en la posición de “tirador en pie”.
     Cuando el capitán Aldana ve que el general Gregorio Ruiz se ha colocado en el lugar adecuado para recibir la descarga que ha de privarlo de la vida, ordena al pelotón:
-¡Preparen!
     El ruido seco de los cerrojos que se mueven en las cajas de los rifles, es la sola contestación a aquella orden perentoria y cortante.
Hay unos breves segundos de intervalo, entre el ruido de las armas al ser preparadas por los soldados, y luego, con voz fuerte y serena, el general Gregorio Ruiz ordena, con energía:
     -¡Apunten!... ¡Fuego!
     Una descarga cerrada atruena el ambiente.
     El cuerpo del reo se contrae sobre si mismo al recibir los impactos de las balas y luego se desploma hacia un costado, quedando con la cara hacia arriba, como si sus ojos quisieran ver el final de la vida, aquel sol frio y claro del 9 de febrero de 1913.

En la ciudad, pocos, muy pocos fueron los que comentaron la muerte del general Gregorio Ruiz, fusilado en el jardín interior del palacio nacional. Eran otros acontecimientos los que atraían la curiosidad del público, y la de los que estaban en el secreto de lo que acontecía, era reclamada con mayor vigor por el desarrollo mismo de las cosas. Lo que había sucedido en el curso de las primeras horas de la mañana de aquel día 9 de febrero de 1913, ciertamente que no era todo lo previsto ni siquiera en parte, pero tampoco era lo esperado.
     No habían resultado las cosas, como se habían planeado y, por lo mismo, quienes operaban los hilos del tinglado se disponían ahora a trazar nuevos planes, distintas actividades y, para hacerlo, estaban observando la posición de cada uno de los sujetos que en la trama intervenían, a fin de saber que ordenar a cada quien y como había de pedirle que lo realizara.
     El populacho, siempre apto para captar en forma extraña, pero segura, la presencia de sucesos que salen de los márgenes de los normal, iba de un lado para el otro, ora viendo como se levantaba a los muertos de frente a palacio y del zócalo mismo, ora corriendo por las calles adyacentes a los cuarteles y centros de agrupamiento de elementos militares, siempre listo para mirarlo todo, para comentarlo todo y luego referido a sus allegados y amigos, con la autoridad y suficiencia del que posee una información de primera mano.
     Para la ciudad, el día amaneció en tragedia. La genta de “orden” no salió de sus casas. Había pánico, terror verdadero. Las ventanas de las casas apenas si se entreabrían un poco cuando algún tripel se escuchaba por la calle, no más de lo suficiente como para permitir atisbar hacia afuera sin que se pudiera ver hacia adentro.
     Se empezó en esa mañana sangrienta del día 9 de febrero de 1913, aquella trágica jornada que la historia llamaría, andando los días, como la decena trágica.

                              acto 6
    La ciudad de México se tornaba, precipitadamente, en campo de batalla. Por todas partes el tema militar ocupaba el primer plano. Los soldados cobraban actualidad preferente y, por lo mismo, sus actividades, ya ostensibles y abiertamente declaradas, tenían a los ciudadanos materialmente con el alma en un hilo.
Por las calles de Bucareli, esquina con la avenida Morelos, a la altura del reloj público monumental, llega el ahora liberado general Félix Díaz. Le acompaña el general Manuel Mondragón, un grupo de cadetes de aspirantes de caballería y una sección de artillería de campaña. Vienen apresuradamente y, al llegar a la altura del reloj hacen alto con gran estrépito de los armones de artillería y de los cañones mismos, cascos de caballos y chocar armas.
    Inmediatamente que hacen alto, Mondragón ordena que se emplacen las dos piezas de artillería que llevan, apuntando hacia la ciudadela. Los servidores de las piezas, diligentemente, ejecutan la maniobra sin preocuparse en lo absoluto de la expectación que despiertan sus actos en los curiosos que se detienen, entre miedosos y mirones, para no perderse nada de lo que allí acontezca.
     En la ciudadela, el panorama no era muy diferente. Solamente cambia en cuanto a los elementos en acción.
Frente al ancho y plano edificio se abre la amplia plaza de armas, en el centro de la cual se yergue la estatua del cura. Morelos. La fachada de la actual Fábrica Nacional de armas y del Cuartel de la Guardia Presidencial, en ese entonces, hacen marco a la gran plaza.
     En la azotea de estos edificios, lo mismo en la ciudadela como en la Fábrica de Armas y en el cuartel de la guardia presidencial, hay soldados armados que están tomando dispositivos para resistir cualquier agresión que se produzca.
En la azotea de la ciudadela hay numerosos elementos de la policía de la ciudad de México y algunos soldados de línea, todos ellos parapetados tras los pretiles y con sus fusiles dispuestos para hacer fuego en contra de quien se ordene y en el momento en que se de la orden. Permanecen echados sobre la azotea o rodilla en tierra, según el alto del pretil del cornisamento, pero evidentemente alertas y oteando el campo visual que les es permitido desde su posición.
En un sitio conveniente de la azotea de la ciudadela están emplazadas dos ametralladoras servidas para oficiales de artillería.
    El general Manuel P. Villareal, jefe del puesto de la ciudadela, vistiendo uniforme de caqui, con gorra de paño y portando al cinto pistola y espada, desde la azotea de la ciudadela observa con unos gemelos los movimientos de los elementos felixistas que se han colocado al pie del reloj de Bucareli. Junto al general Villareal esta un oficial ayudante, listo para transmitir cualquier orden o disposición que dicte el jefe del puesto.
Mientras tanto, los dos oficiales que tienen a su cargo las ametralladoras, revisan sus piezas cuidadosamente, a fin de comprobar su buen funcionamiento. Las repasan parte por parte, y cuando uno de ellos ha comprobado que su ametralladora esta lista para "cantar" con toda su capacidad, vuelve la cara hacia su compañero y le hace un significativo guiño, que el otro contesta asintiendo con la cabeza, silenciosamente.
     En un momento dado, un corneta, desde La Ciudadela lanza el toque de “enemigo al frente”. El toque es repetido por un trompeta desde la azotea del Cuartel de Guardias Presidenciales.
     Las notas vibrantes de aquellos instrumentos, que llevan la voz de la infantería y de la caballería, respectivamente, meten en el animo de los que se aprestan a combatir, la nerviosidad propia de esos momentos solemnes en los que no se sabe si le toque a uno estar en el lado de los que ya no se levantaran jamás de su puesto o los que escucharan las notas alegres del “tres de diana” de los vencedores.
     Desde su posición, al pie del reloj de las calles de Bucareli, las dos piezas de artillería que ha mandado emplazar ahí el general Mondragón, rompen el fuego disparando una vez cada una. Fuego que de inmediato es contestado por los defensores de la ciudadela.
     El ronco tronar de los cañones es coreado por el trallazo de los rifles, y el aire se puebla, instantáneamente del enjambre de zumbidos que, como exhalación, pasan sembrando la muerte. Son las balas que van en busca de la carne para destrozarla. Es la guerra, nada más.
     De imprevisto, los dos oficiales que están a cargo de las dos únicas ametralladoras que hay en la azotea de la ciudadela, y de las que tanto depende la defensa de ese puesto, cambian la posición de sus armas y convierte en objetivo de ellos no a los atacantes felixistas sublevados sino a los propios defensores de la ciudadela, sobre los que disparan indiscriminadamente, tomándolos por la espalda sin darles oportunidad de enterarse de que esta sucediendo en realidad, las armas los sorprenden antes de que se den cuenta de que han sido vendidos con deliberación.
     Casi todos los hombres que estaban perpetrados tras de los pretiles del cornisamento de la ciudadela, quedan muertos en la misma posición en que estaban para batirse con el enemigo que esperaba, no por la retaguardia, sino procedente de la calle de Bucareli.
     El general Villareal, también victima de aquel crimen inenarrable, cae agonizante; su ayudante cae muerto a su lado; un soldado, despreciando el peligro, corre y sostiene al general herido.
     El corneta de la ciudadela toca “cesar fuego” y aquel toque es repetido por el trompeta de guardias presidenciales.
     Se suspende el fuego. Callan las armas
     En la azotea de la ciudadela, el general Villareal, moribundo, hace manifiestos esfuerzos pretendiendo hablar. El soldado que lo sostiene, advirtiendo el intento dice respetuoso:
     -Ordene, mi general Villareal.
     Con palabras entrecortadas, casi inaudibles, el general Villareal dice:
     -¿Quién ordeno cesar fuego?... si quiera esperen hasta que yo muera para rendirme ¡cobardes!...
     Aquellas fueron sus últimas palabras. Al terminar de lanzar aquella exclamación airada, murió, asesinado por la espalda.
     El panorama entre los elementos que acompañan a Feliz Díaz y que ya están situados al pie del reloj de Bucareli es distinto.
     En medio de exclamaciones de triunfo y de jubilosos vítores, Félix Díaz avanza hacia la ciudadela rendida, como lo demuestra la bandera blanca que ondea en lo alto de la azotea. La gente que acompaña a Félix Díaz lo vitorea estentóreamente:
     ¡Viva Félix Díaz! ¡Viva Félix Díaz!
     Al llegar a la ciudadela el general Félix Díaz, la puerta de aquel establecimiento se abre de par en par, como para brindarle su abrigo triunfador.
     Un grupo de oficiales que esta en aquel recinto, recibe con clamorosas felicitaciones y vítores a Díaz, que avanza con su gente hasta el interior de la fortaleza.
     Recorre todo el establecimiento. Los almacenes de armas y municiones, ahí existente en gran cantidad, ponen alegría en lacara del vencedor y la de sus acompañantes. Aquello significaba abastecimiento asegurado para continuar la rebelión hasta reducir el último baluarte que pueda levantarse.
     Provisionalmente, como ellos mismos lo dicen, los generales Félix Díaz y Mondragón, instalan sus oficinas en la que fuera dirección de la ciudadela. De inmediato, aquel recinto cobra una inusitada importancia y un movimiento de entradas y salidas que nunca antes había sido visto ahí. Militares y civiles entran y salen trayendo y llevando ordenes, recados, informes y toda esa suerte de cosas que suceden a los acontecimientos como los que ahí tienen efecto.
     En los almacenes de armas y municiones, varios oficiales pertrechan a gran número de elementos civiles que se han alistado para ayudar a los sediciosos en su aventura rebelde. Todo es llegar hasta el recinto de los almacenes para lograr lo cual no hay ninguna dificultad, y declarar que se quiere tomar parte en la aventura contra el gobierno, para que de inmediato se le entregue un arma con una generosa dotación de municiones.
     Sobre las alturas de la ciudadela, en las azoteas que antes estuvieron defendidas por los soldados a los que se les acribillo por la espalda, el aspecto ahora es otro. Están ahí tomando dispositivos para defender el puesto, los nuevos elementos que han ingresado en las filas de la rebelión. Los civiles armados hacen mayoría al lado de unos cuantos elementos militares. Los puestos que ocuparon los soldados muertos ahora están cubiertos por los voluntarios de la rebelión.
En otro sector, no lejano por cierto, la actividad bélica esta en todo su apogeo. Dos piezas de artillería emplazadas en las cercanías de la ciudadela, han tomado como objetivo nada menos que uno de los muchos del penar de belén. Abren fuego sobre aquella muralla y la baten hasta derribarla. Cuando se dan cuenta los artilleros que su fuego a sido efectivo y observan con sus prismáticos los efectos logrados, advierten también que por el boquete enorme que las granadas han abierto en el muro de la prisión, aparecen los reos que en su interior estaban purgando sabrá Dios que delitos. Miran los reclusos recelosos para lado y lado y, ni cortos ni perezosos, emprenden la huida en carrera desenfrenada, cogiendo la libertad alcanzada tan inesperadamente, con la ansiedad de la desesperación y el temor. No son pocos los presos que encaminan su carrera rumbo a la ciudadela, demostrando con ello que están enterados de que ahí pueden ser armados.
     Apenas han tomado sus dispositivos cuando llega un oficial, quien con voz levantada y enérgica ordena:
     -¡Listo todo el mundo! ¡Ahí viene una fuerza!
     -¡traen bandera blanca! ¡No tiren! –advierte otro oficial.
     En efecto se acerca una fuerza numerosa, compuesta por elementos de infantería.
     Un oficial de la tropa se adelanta hacia los que están parapetados tras de las trincheras y, según va acercándose, les informa:
     -Veníamos a batirlos; pero ya estamos con ustedes.
     -¿de donde son? –inquiere un oficial del puesto.
     -Somos del batallón de seguridad –contesta el interpelado y agrega a guisa de información oficiosa-: No han de tardas en llegar los de la policía montada; también se han pasado a este lado.
     Así cundió la gangrena de la traición entre aquella gente. No era raro que tal cosa sucediera. Se trataba de tropas mandados por oficiales que habían hecho su carrera bajo la égida de un régimen que creyeron infalible, y el solo hecho de que se les hubiera sustituido, para ellos, era mas que suficiente no digamos para emprender una acción como la que venían desarrollando –que en su criterio no era traición ni delito, sino recuperación-, sino hasta dar pasos mas largos como los que dieron mas adelante.
     Mientras los hechos que dejamos narrados en los párrafos anteriores tenían lugar en los sitios mencionados, la ciudad, presa del pánico y azorada, empezaba a sufrir los resultados de una situación de aquella índole. Había hambre. No podía salir la gente a surtirse de aquellas cosas que le eran menester, por que temían: o bien que les tocara alguna bala “perdida” o bien encontrarse con que el tendero de la esquina no había abierto o se había marchado a engrosar las filas de la infidencia.
     La ciudad, fuera de los lugares de actividad militar parecía un desierto.

     No se veía en toda la calle de Balderas, una sola alma viviente.

viernes, 11 de abril de 2014

decena tragica (parte dos)

acto 3
     No todo estaba podrido en el ambiente. Había, para satisfacción de la decencia y del honor patrio, hombres que conservaban su honorabilidad.
     Mientras que se ejecutaban los actos que dejo narrados en el capitulo anterior, especialmente la toma del Palacio Nacional y la liberación de los generales Bernardo Reyes y Félix Díaz, los hombres leales al régimen que encabezaba por voluntad popular francisco I. Madero, sabedores de lo que estaba sucediendo, se aprestaban a entrar en acción en la forma que correspondía a su condición de soldados leales.
     En la puerta del cuartel de San Pedro y San Pablo, está un soldado de infantería.
     El general Lauro Villar, comandante de la plaza de México, llega vestido de paisano, acompañado del civil Señor Malagamba; penetra al interior del cuartel y, al hacerlo, la guardia, somnolienta, presenta armas, y el oficial de guardia, espada al hombro, rinde el parte en la forma que es de ordenanza:
     -No tiene usted novedad en la guardia, mi general.
     -Gracias -dice el general Villar y agrega-: ¿donde esta el comandante?
     -Solo esta el capitán Aldana -informa el oficial-. casi no tenemos fuerza. La mayor parte del batallón esta destacamentada o anda en partidas; Aquí solamente tenemos reclutas recién incorporados.
     -Que venga el capitán Aldana.
     El soldado que ha recibido la anterior orden, parte a paso veloz hacia el interior del cuartel, para ejecutar lo que se le ha ordenado.
     ¿Cuanta fuerza hay aquí? -pregunta el general Villar.
     -Tres oficiales y ochenta y cuatro individuos de tropa, la mayor parte de ellos reclutas de reciente incorporación y apenas una sección veterana.
     -¿Pero, ya manejan las armas esos reclutas? -vuelve a preguntar el general Villar.
     -Si, mi general, si; ya comienzan a saber algo de las armas -informa el oficial y, viendo que se acerca el capitán Aldana agrega:
     -Aqui viene mi capitan Aldana, mi general.
     Llega hasta cerca del general Villar el capitán Aldana y se cuadra militarmente, expresando sa formula de ordenanza:
     -A la orden mi general.
     -Ha estallado en la plaza un movimiento contra el gobierno y tenemos que sofocarlo.
     -Solo tenemos aqui reclutas, mi general -contesta el capitan Aldana.
     a lo que comenta decidido y sin dejar lugar a titubeos, el general Villar:
     -Con lo que sea, tenemos que pelear.
     .Lo que usted ordene, mi general.
     -A la sordina, pero con rapidez -ordena el general Villar-; levante a la fuerza, municionela a doscientos cartuchos por plaza y que se dispongan a marchar ¡pero enseguida!
     -¡inmediatamente, mi general!
     El capitan Aldana, auxiliado por el oficial que comanda la guardia y dos o tres clases hace que de inmediato se ponga en obra lo ordenado y, al efecto, entran a la cuadra del cduartel en la que duermen los soldados envueltos en sus cobijas. Los oficiales y sargentos van despertando a los que duermen y les imparten rapidamente ordenes que desde luego se comienzan a ejecutar.
     Con sueño y todo, la tropa se alista con rapidez, requiere las armas y se coloca, en bandolera, las cartucheras que con celeridad y diligencia les van entregando los sargentos, ya repletas de cartuchos en la proporcion que ordenara el general Villar.
     Una vez que se han terminado todos los preparativos, silenciosamente la tropa sale del cuartel, formando de dos en fondo. Marchan en dos hileras, avanzando por las calles del Carmen, cad hilera por cada banqueta de la calle, lo mas pegadas posibles a la pared respectiva. Se les han impartido instrucciones precisas y las siguyen copn esa fidelidad que el soldado sabe que es la mejor forma de evitar riesgos innecesarios. Llevan las armas embrazadas  armadas las bayonetas.
     Por el centro de la calle, formando un pequeño grupo, cominan el general Lauro Villar, el paisano señor Malagamba y el capitan Aldana.
     Sin dejar de caminar, hablan; dice el general Villar:
     Los rebeldes se han posesionado del Palacio Nacional y han tomado posiciones en las torres de Catedral; otros de ellos, seguramente que a estas horas estaran libertando a Bernardo Reyes en Santiago Tlatelolco, y a Félix Díaz en la penitenciaria.
     y -pregunta el capitan Aldana-, ¿a donde vamos ahora mi general?
     -Vamos a tomar Palacio Nacional.
     -¿con esta fuerza?
     -Si, capitan -afirma rotundamente el general Villar-, con estos reclutas: ¡son de mi 24° Batallon y eso me basta! ¡con estos reclutas tomo yo palacio!
     El capitan Aldana no dice una sola palabra, pero, disimuladamente, hace un gesto en que manifiesta que no esta totalmente seguro de que pueda hacerse lo que dice el general Villar.
     -Les vamos a tomar por sorpresa -dice el general- No nos esperan y mucho menos por la retaguardia. Vamos a doblar por las calles de la Acequia y entraremos al Cuartel de Zapadores, que ahora esta desalojado, pues solo lo ocupo anoche un escuadron de caballeria que es leal con el gobierno. Por la puerta trasera del cuartel caeremos en el jardin del palacio.
     Para que el ruido natural de la marcha no llame la atencion del enemigo, se ordena que rompan el paso, sin llevar compas alguno. En esa forma, y observando, dentro de la rapidez, las mayores precauciones posibles, llegan a la esquina de la calle de la acequia y doblan para encaminarse al Cuartel Zapadores y poner en practica el plan del general Villar.
     Rapidamente se apoderan los leales del Cuartel mencionado, y una vez en su interior, el general Lauro Villar se informa, por parte que le rinde el teniente coronel Jual Manuel Torrea, comandante de un escuadron del 1° de caballeria, que ha penetrado al cuartel y en el cuartel y en el que permanece pie a tierra y con el arma a la granadera, de lo siguiente:
     -Novedades mi general: Las guardias de las puertas del palacio que daban al 20° batalllon y que fueron desarmadas por los aspirantes, han vuelto a ser armadas y siguen de guardia. Los aspirantes, en desorden, estan en el patio central. Tambien se han posicionado de las torres de la catedral. Todo esto lo he podido observar desde la azotea de este cuartel, mirando discretamente. Un escuadron del primero, pronto para todo servicio. Usted ordena, mi general.
     -Muy bien, Torrea -dice el general Villar-, muy bien. La puerta que comunica este cuartel con el jardin traqsero del palacio, ¿esta abierta? -pregunta el general Villar.
     -Esta atravesada con travesaños de madera, mi general -informa Torrea.
     -Bueno pues eso quiere decir que hat que romper la puerta y por alli entraremos. Usted Torrea, con ese escuadron, salga y formese frente a la "colmena", dando frente a catedral, y coopere con nosotros si es necesario, o bata a los rebeldes que se acerquen al zocalo. Usted, capitan Aldana, ordene que rompan esa puerta condenada y con bayoneta calada nos lanazaremos al interior del palacio y nos apoderaremos de las guardias, ¡vamos!
     La puerta que comunicaba el jardin trasero del Palacio Nacional con el cuartel de Zapadores, estaba condenada con travesaños de madera. Se ordeno que unos soldados, armados con barretas de hierro, arremetieran contra ella y la abatieran. No fue necesario mucho trabajo para echarla abajo, y una vez que estuvo el paso listo, la tropa se lanzo al paso veloz penetrando al palacio, llevando a la cabeza al general Lauro Villar.
     En un momento dado y cuando los guardias del palacio menos lo esperaban, irrumpen los soldados leales al gobierno, en el patio central y a golpes desarman a los guardias y a los centinelas.
     en el pario de honor, los cadetes de aspirantes, armados, deambulan en desorden, y cuando se dieron cuenta de lo que sucedia, fue por que ya estaban ahi los soldados mandados por el general Villar, marchando él mismo a la cabeza, portando en la diestra su pistola. Ante la sopresa de los cadetes, que no sabian que hacer, el general Lauro Villar se encara con ellos y grita con voz estentorea: 
     -¡viva el supremo gobierno! ¡viva el 24° batallon! ¡adentro muchachos!
     La tropa, encardecida por las palabras del general Villar, secunda sus vivas y se posesiona de la guardia, desarmando a los ahi apostados. Golpea a algunos aspirantes y se disparan algunos tiros, y, cuando parecia que aquello se iba a volver un combate, sobresaliendo por encima del fragor de voces, forcejeos, acarreras, ritos y disparos, la voz del general ordena:
     -¡a ver, a esos aspirantes, a formar! ¡viva el supremo gobierno!
     Los cadetes de la escuela de aspirantes, sorprendidos en grado por la fuerza de la voz del general Villar que sabia imponerse obedecieron rapidamente y se formaron, una vez formados, el general Villar ordena:
     -¡Firmes! ¡por la derecha, numeracion por cuatro!
     Al conjuro de aquella orden militar, los aspirantes se van numerando con precision:
     -¡uno! ¡dos! ¡tres! ¡cuatro!
     -¡uno! ¡dos! ¡tres! ¡cuatro!
     Y asi, hasta que llego el ultimo de la fila.
     -¡empabellonen!... ¡armas! -Ordena el general Villar.
     Los aspirantes ejecutan la orden recibida, con la precision caracteristica de los soldados bien entrenados, y cuando lo han hecho, vuelven a su formacion ya sin armas. El general Villar, cuando los cadetes han recobrado sus puestos de formacion, despues de haber dejado sus armas en pabellones, frente a ellos, ordena:
     -¡por el flanco derecho, doblando! ¡hileras a la derecha! ¡marchen!
     Los cadetes dan el flanco derecho y quedan en formacion de columna por cuatro y emprenden la marcha torciendo a la derecha. El general Lauro Villar los sigue, marcandoles el ritmo con su voz y asi los hace entrar en las caballerizas del palacio, que estan desocupadas. Una vezz que han entrado en aquel recinto, los cadetes de aspirantes, desarmados, el general Villar ordena:
     -Capitan: ponga usted aqui una guardia con instrucciones de que haga fuego sobre estos mequetrefes si intentan salirse. El resto de la fuerza pongala en la banqueta y dispuesta a combatir.
     Se realiza lo ordenado por el general Villar. Los cadetes quedan bajo la vigilancia estricta de una guardia bien aleccionada, y el resto de la fuerza marcha y sale a la acera frontera del palacio y, desplegandose en linea de tiradores, pecho en tierra, quedan en espera de lo que pueda suceder, con sus fusiles listospara hacer fuego a la orden. A un lado de la puerta central, queda emplazada una ametralladora servida por un oficial, y al lado de ella queda colocada otra pieza servida por un civil, que no es otro que el intendente del palacio: Adolfo Bassó.
     El general Lauro Villar, con su inseparable acompañante, el señor Malagamba y otra persona mas, parado frente a la puerta central del palacio, observa cuidadosamente cada milimetro de terreno frente a el y espera.
     La caballería, mando del teniente coronel Juan Manuel Torrea, parada frente a la #colmena", permanece con sus aballos de mano y armas embrazadas.
     Por diversas partes empiezan a aparecer civiles, atraídos pro los movimientos y los escasos tiros que se dispararon en el interior del palacio,permaneciendo en actitud curiosa, observando los movimientos de los militares.
     Un oficial se acerca al generar Villar  y le informa:
     -Mi general, una columna se caballería se acerca por las calles de la moneda. Son del primer regimiento y con ellos viene el general Gregorio Raíz.
     -Bueno -contesta el general Villar y ordena -: ¡listos para combatir!

acto 4
     La caballería del general Gregorio Ruiz, con él a la cabeza, formada de cuatro en fondo, desemboca en el Zócalo capitalino saliendo por la calle de la moneda, llevando sus carabinas en posición de "en guardia". Hacen alto frente al Palacio Nacional, y el general Ruiz se adelanta solo. Salen a su encuentro el general Lauro Villar y dos de sus acompañantes.
     Haciendo derroche de confianza, tal vez fincada en la falsa suposición de que el movimiento sedicioso era suficientemente fuerte como para que nadie osara a oponersele, el general Ruiz, desde su cabalgadura, dice al general Villar, una vez que ha llegado cerca de el:
     -Lauro, estamos levantados contra el gobierno. Toda la guarnición de la plaza esta con nosotros. Detras de mi viene el general Bernardo Reyes, el general Félix Díaz y el general Manuel Mondragon, con toda la artillería. ¿estas con nosotros?
     El general Lauro Villar de momento nada dice. Mira directamente a los ojos del general Ruiz mientras acorta la distancia, ya de por si breve, que los separa y, en un momento dado, rápidamente se apodera de las bridas del caballo que monta el general Ruiz y apuntando a este con su pistola, le dice con firmeza y resolución imponentes:
     -¡Estoy con el supremo gobierno, y tu eres mi prisionero! ¡ apéate!
     El general Gregorio Ruiz, cogido de improvisto, evidentemente sin que tuviera la menor idea del resultado de su acercamiento cuando trato de intimidar al que es ahora su aprehensor, sorprendido y resignado acepto:
     -Muy bien, soy tu prisionero.
     Y diciendo eso, echo pie a tierra, siendo desarmado inmediatamente por el general Villar quien, devolviéndose a sus hombres, ordeno:
-¡Lleven a este general traidor a la guardia de prevención y pónganle dos centinelas de vista!
     Rápidamente es conducido el prisionero al interior del palacio, por los hombres que forman entre los leales al gobierno, y ante la expectación y asombro de los hombres que llegaron siguiendo al ahora preso, que permanecen absortos. El general Villar, con voz levantada y tono enérgico, hablando a la tropa sublevada, dice:
     -¡A ver ese coronel del primero, que se acerque!.
     La respuesta  a esta orden fue todo un manifiesto: el aludido, que no se había perdido un solo detalle de las palabras cambiadas entre los dos generales, por toda contestación exclamo, mientras hincaba los acicates en los ijares de su cabalgadura:
     -¡Vaya usted al demonio!
     -¡Fuego! - trono la voz del general Villar.
     De las armas de la fuerza que esta pecho a tierra frente a palacio y de las ametralladoras apostadas en la puerta central, salen las balas bramando y sembrando la muerte y el pánico. Los soldados que llegaron hasta cerca de palacio bajo el mando del general Ruiz, trataron de responder al fuego, por lo hicieron mas por impulso determinado por la supervivencia que por el deseo de presentar batalla, pues su fuego resulto absolutamente ineficaz, ya que lo hacían mientras emprendían la retirada en medio de un completo desorden.
     Algunos hombres y caballos quedaron muertos o heridos. Varios caballos, sin jinetes que los gobiernen, huyen despavoridos atronando con sus cascos.
     Ante la escapada del enemigo, cesa el fuego de las fuerzas leales. 
     En el interior del palacio, en el recinto de la sala de guardia de prevención de la puerta de honor, el general Gregorio Ruiz, sentado en una silla, medita profundamente. Se ha dado perfecta cuenta de su situación y de la actitud de la gente que viniera con él.
     Por la puerta central, sale nuevamente el general Villar seguido por algunos de los que han estado con él.
     Civiles, atraídos en gran numero por los acontecimientos que se han desarrollado frente a palacio, aparecen imprudentemente en el Zócalo. Algunos atisban tratando de protegerse, por aquello de las dudas, detrás de los arboles o subidos en ellos, mientras otros lo hacen trepados en el quiosco destinado a la música.
     La presencia de los cadáveres esparcidos por el frente del palacio, es un espectáculo que no se quiere perder ninguno de los civiles, pero sin embargo, algo les dice que no conviene acercarse mucho, por lo menos, hasta sitios en que no puedan contar con algún resguardo en caso de que las cosas vuelvan a entrar en actividad bélica.
     Por la parte externa del palacio, es decir, de la acera del palacio que llega a la calle de la moneda, viene un oficial que camina rápidamente y llega hasta donde esta el general Villar hablando con otras personas. Saludando le informa:
     -Mi general, por la calle de la moneda viene nuevamente un grupo de gente armada. A la cabeza, montado, viene el general Bernardo Reyes. La mayoría de los del grupo son civiles o vienen en ropas civiles, pero también vienen varios militares a caballo.
     -Bueno - responde el general Villar y luego, vuelto hacia sus hombres exclama -: ¡Listos para entrar en combate muchachos!
     No pasan apenas unos cuantos minutos, cuando por la esquina de la calle de la moneda asoma la columna del general Bernardo Reyes, con este a la cabeza, montando un soberbio caballo que maneja con habilidad. Va seguido de numerosos civiles y también por varios oficiales y aspirantes montados. Hacen camino hacia la puerta del palacio. El general Lauro Villar sale a su encuentro, solo.
     Al ver al general Villar, el general Reyes trata de aislado de su tropa interponiendo su caballo y le grita, en tono de con dominación:
     -¡Rindase, general Villar!
     Villar responde pronta y enérgicamente:
     -¡Quien debe rendirse es usted! ¡yo estoy con el supremo gobierno!
     -¡Rindase! -grita el general Reyes mientras que, simultáneamente a sus palabras, trata de atropellar al general Villar con su caballo; este, logrando con habilidad esquivar las embestidas que el general Reyes obliga a dar a su caballo y echándose a un lado, ordena perentoriamente:
     -¡Fuego!
     Nuevamente abren fuego con mucha intensidad las armas de los soldados leales al gobierno. Ladran las ametralladoras con su tableteo trágico.
     El general Reyes cae del caballo, acribillado, trozado materialmente por el fuego de una de las ametralladoras.
     Atrás, entre las filas de la gente que ha llegado siguiendo al general Reyes, caen varios civiles, muchos de ellos muertos, otros solamente heridos, pero las bajas son muy numerosas, pues el fuego que hacen los soldados leales es sereno, certero y nutrido.
     Hay de todo entre los muertos y heridos: hombres que fueron llevados por su pasión política y a sabiendas de cual era el riesgo que corrían; mujeres que solamente trataban de satisfacer una curiosidad malsana; papeleritos que -como siempre- figuran entre los grupos populares de nuestra capital. La diversidad de personas yacen, ensangrentando el suelo del Zócalo metropolitano; en el quiosco hay un verdadero hacinamiento de cadáveres.
     En mitad de la calle, precisamente frente a la puerta de palacio, queda el cuerpo del general Bernardo Reyes, empapado en su propia sangre.
     El general Villar, herido en el hombro, en el que recibió un tiro, trata de contenerse la sangre que mana abundante, oprimiéndose la herida con un pañuelo.
     La acción no ha durado mas que unos cuantos minutos y, sin embargo, son mas de quinientas personas las que están tendidas en la tierra, otras tratan de alejarse del lugar de los acontecimientos, dejando un reguero de sangre tras de si.
     A la misma hora, mientras en el centro de la ciudad se desarrollaban los acontecimientos trágicos que quedan descritos, en el patio del Castillo de Chapultepec, las tres compañías del colegio militar están armadas, formadas en linea desplegada. Todos los cadetes van uniformados de paño.
     En el patio de la residencia presidencial hay varios caballos ensillados con albardón; unos soldados de la guardia presidencial los tienen del ronzal.
     En el otro sitio, en el segundo piso del castillo, en medio del jardincillo, hay muebles propios para la terraza. Por ahí aparece el Presidente, Francisco I. Madero. Viste traje de montar; viene acompañado de su esposa, la señora Sára Pérez de Madero; un poco atrás, le siguen los ayudantes, correctamente uniformados de paño y cordones, son los capitanes Federico Montes y Vázquez Schaffino.
     -Los caballos están listos, señor Presidente -informa el capitán Vázquez Schaffino, respetuoso.
     -Muy bien -contesta Madero y pregunta a continuación dirigiéndose al capitán Montes-: Capitán Montes, ¿que noticias mas recientes tenemos de palacio?
     -señor presidente -se apresura a responder el interpelado-. el Palacio Nacional esta en poder de las fuerzas leales: el señor general Lauro Villar logro recuperarlo en un rasgo de audacia; aprehendió al general Gregorio Ruiz y en un intento que hizo el general Bernardo Reyes para apoderarse nuevamente de palacio, fue muerto. Se sabe que el general Félix Díaz, con algunos de sus partidarios, va hacia la ciudadela.
     -Bueno -dijo Madero-, pues en lugar de nuestro acostumbrado paseo dominical a caballo, iremos a palacio a cumplir nuestras obligaciones y con nuestro deber.
     -Señor presidente -se adelanto el capitán Vázquez Schaffino a informar-, el colegio militar esta listo para escoltarle.
     -Perfectamente -dijo Madero y, hablando a su esposa, Doña Sarita, como se le llamaba afectuosamente, dijo-: Sarita, esposa mía, voy a cumplir con mi deber.
     -Pancho, quisiera acompañarte como siempre lo he hecho -expreso con convicción la señora-; ahora mas que nunca.
     -Ahora no sera posible -manifestó el presidente Madero y agrego, como para paliar la situación- : quizá mas tarde.
     -¡Que Dios te ayude Pancho!
     -¡ Adiós!
     El presidente Madero besa a su esposa y sale luego acompañado de sus dos ayudantes.
     Madero siempre acompañado de los capitanes Montes y Vazquez Schaffino, llega al patio inferior del castillo, en donde están esperando los caballos. El señor Madero y los ayudantes montan y salen hacia el Colegio Militar.
     Al parecer el presidente, la banda de guerra del colegio militar hace los honores correspondientes a su investidura de Primer Magistrado de la República, mientras que los cadetes, emocionados, en esa ocasión mas que en ninguna otra, dadas las circunstancias que prevalecen y que ellos no ignoran, presentan armas, gallardamente.
     Don Francisco I. Madero y sus acompañantes, escoltados por alumnos del colegio militar, salen del castillo de Chapultepec marchando hacia la ciudad de México, mejor dicho, hacia el palacio nacional.
     Descienden por la rampa, marchan por el bosque, el cual atraviesan, y continúan su marcha siguiendo por el paseo de la reforma. El colegio militar marcha sin tambores y llevando las armas embrazadas, cosa por demás pertinente si se toma en cuenta que la ciudad estaba en un verdadero estado de guerra, debido a la sublevación.
     A la cabeza marcha una descubierta de cadetes que protege el frente del Presidente, mientras que a sus costados y hacia atrás, marcha el resto de los integrantes del Colegio Militar en dos hileras compactas y prolongadas, formando así en torno a la persona del Presidente un muro humano que tiene la reciedumbre del valor mas notable y genuino, el que produce la heroica tradición del glorioso Colegio Militar.
     La marcha de Francisco I. Madero, hasta llegar al monumento a Carlos IV, ha sido lo que siempre había sido en día domingo: un paseo; pero un paseo en el que los corazones de sus acompañantes y los jóvenes de su gallarda escolta, latían bajo la impresión de que algo ominoso había en el ambiente.
     El presidente saludaba, como siempre, sonriente y afectuoso, agitando su sombrero, en respuesta a los gritos que empezaban a oírse a su paso y que lanzaban los civiles:
     -¡viva Madero!

jueves, 10 de abril de 2014

decena trágica (parte uno)

Podríamos hablarles de este importante evento en México desde angulos políticos, sociales y demás, sin embargo muchas personas consideran eso como aburrido, así que decidimos mostrarles la decena trágica mas como una historia, en la que puedan imaginar como sucedió, estas, sin embargo también les diremos que estas no fueron redactadas por nosotros, solo nos dimos a la tarea de buscar entre viejos libros de historia alguno que lo narrara de forma de historia.

Acto 1

El viento preñado de polvo salitroso levantando de las resecas playas de Texcoco, penetrando por cualquier intersticio, por insignificante que fuere, traía el pregón típico de lo que la metrópoli estaba viviendo en el mes de febrero. y así era, efectivamente. Era el mes de febrero de 1913. Para ser mas exactos, la noche del 8 de ese alocado mes. Las rachas de viento arremolinado en las esquinas, en los cruces de calles y callejones, ponían vistas insospechadas en los panoramas callejeros, jugando con las faldas de las damas, y traían frió en cada soplo, frió helado y serio, como para recordar que el señor invierno estaba en su apogeo.
     Uno de los centros de reunión mas o menos de tono concediendo a la palabra tono el solo y único valor que ella expresa por si misma, era la que fuera famosa "Academia Metropolitana". La pretenciosa palabra "academia" no justificaba su presencia en el establecimiento al que prestaba su importante significado, mas que en cuanto a que había que llamarlo de alguna manera. Se suponía que allí se enseñaba el arte de Terpsicore a quien a quien tuviera gana, tiempo y humor para aprenderlo, pero eso no pasaba de simple suposición. La verdad era que la tal "academia metropolitana" era un centro de reunión muy poco convencional, al que lo mismo concurrían las "mariposillas" que tenían la pretensión de que nadie mas que ella sabían que lo eran, los eternos parásitos de esa infeliz fauna: explotadores de medio, del vicio, y el "snobismo" galante, "soutenerurs, como se le llamaba en aquellos tiempos,siguiendo la corriente de la moda que traía como privilegio inatacable, la primacía de lo que fuera francés, aun cuando ello no fuera mas que el mote que se le aplicaba a los vivaces que vivían a costillas de las infelices vendedoras del amor.
     Pero si hubiéramos estado precisamente en el recinto de la "academia metropolitana", aquella noche del 8 de febrero de 1913, y no hubiéramos tenido otra cosa que hacer que desparramar la mirada por el conjunto de seres ahí reunidos, podríamos haber notado que un palco especial estaba ocupado por cuatro militares. De los cuatro ninguno hace el menor caso de lo que sucede en la pista de baile ni se les da un ardite de las actividades provocativas que adoptan frente a ellos las que quisieran que se fijaran en ellas. Los cuatro hablan con cierto misterio que se revela en la forma de acercarse el uno al otro, y las miradas escrutadoras que lanzan sobre la concurrencia, como tratando de localizar a quien trate de sorprenderlos. Consultan sus relojes, cambian miradas entre si, y, casi en cuchicheo, dice uno a los demás, en plan de pregunta inútil:
     -¿que hora es?
     Uno de los tres, mira al que pregunta y seriamente hecha mano a su propio reloj, ve la hora y luego informa:
     -son las doce y treinta en punto.
     -Debemos irnos-dice otro de los ahí reunidos-. Pronto empezara el "re-juego".
     Tácitamente han tomado el acuerdo de seguir la indicación del ultimo en hablar, los cuatro militares reunidos en aquel palco de la "academia metropolitana". Cada uno bebe su copa o el resto que de ella le queda, pagan la cuenta al mesero y abandonan el local sin prisa, sin dar la menor importancia a su salida.
     Sin cambiar la menor palabra salen y enfilan por la oscura calle. Cuando ha han caminado lo suficiente como para estar seguros de que nadie les ha seguido y de que no hay quien pueda escuchar sus palabras, dice uno de ellos:
     -Cada uno a su cuartel. Llegó la hora.
     -¿Como anda el 1° de caballería?-pregunta otro a los demás.
     -Estan con nosotros el coronel y la mayor parte del regimiento -responde el que hablo primero- solo en el teniente coronel y en un escuadrón hay duda acerca de la actitud que pueden asumir, máxime que no están en su cuartel de Tacubaya sino de servicio en el cuartel de la Acequia.
     -Los muchachos de la escuela de aspirantes ya han de venir en camino -informa el tercero de los que forman el cuarteto aquel.
     -La artillería esta toda, sin faltar ninguno, con nosotros -dice ahora el que no había hablado.
     Vuelve el que preguntara por el 1°. de caballería a inquirir, pero ahora es para informarse de la determinación que pudiera tomar una corporación de infantería:
     -¿El 20°. batallón?
     -Esta con nosotros -se le contesta.
     -¿Y el colegio militar? -nueva pregunta del mismo individuo.
     -Ese nos fallo.
     Vuelve a hablar el que ha permanecido por mas tiempo en silencio, y dispara esta pregunta:
     -¿Quien asume el mando?.
     Al que informa el que ordenara que cada quien regresara a su cuartel:
     -Mondregón, desde luego. Cuando libertemos a los presos, el general Bernardo Reyes sera el jefe.
     -¿Y en la ciudadela?
     -La mayor parte esta comprometida. Los treinta o cuarenta hombres de la guardia presidencial, que están enfrente de la ciudadela, ni sabrán nada ni significaran tampoco nada. ¡No son problema!
     -Bueno, cada quien por su rumbo y hasta dentro de un rato, camaradas.
     Se estrechan la mano y luego se retiran, cada quien por rumbo distinto, perdiéndose sus pasos, con marcado taconeo, en el silencio de aquella madrugada del 9 de febrero de 1913.
     La metrópoli vive, sin saberlo, la víspera de una etapa histórica que ha de quedar vigorosamente grabada en el corazón de todo el país.
La actitud evidentemente subversiva de aquellos cuatro militares que estuvieron reunidos en la "academia metropolitana". No era ni la única ni la mas trascendental. Por todas partes que se buscara en esos momentos en el Distrito Federal, se hubiera notado, sin mucho trabajo, que algo estaba fraguándose y que ese algo no era, ni con mucho tranquilizador.
     En cualquier parte en que hubiera hombres pertenecientes al ejercito, se podía casi palpar el pesado ambiente y la situación de una tensión tremenda.
     Todo se llevaba al cabo con silenciosa minuciosidad. Sin que ninguna de las actividades desarrolladas levantara mas alarma o despertara mas la atención del publico, que cualquier otra que normalmente se ejecutara en la vida rutinaria de la gente de armas.
Estaba fraguándose la aventura mas bochornosa que hubo suceder a la confianza desmedida que don francisco I. Madero, ya presidente constitucional de la República Mexicana, deposito en aquellos hombres que meses antes lo combatieron con las armas en la mano.
     Eran aquellos los que se sentían culpables de la caída del régimen científico. Eran ellos los que integraban la fuerza militar que se suponía era responsable de la seguridad de aquel régimen. En sus mentes no cabía la idea de que el soldado no es, ni puede, ni debe ser político, sino que simple y sencillamente es la garantía de que la ley ha de ser respetada, y que conforme a ella se desarrollara la vida política, administrativa y social del país.
     Fue esa madrugada el principio del fin de un amanecer democrático que empezaba a iluminar el ambiente nacional. con el advenimiento de la nueva violencia, encarnada en la traición y en el golpe de mano mas aleve, se abrió la fosa en que había de ser sepultada, temporalmente, la esperanza de un pueblo que apenas si empezaba a deletrear el sentido de la legalidad y de la libertad política y social.
     Seguramente que los que produjeron aquella jornada, que mas tarde había de pasar a la historia de la patria, con caracteres de duelo y de bochorno, como la Decena Trágica, jamas tuvieron en cuenta el menor sentido de la responsabilidad moral e histórica que sobre ellos recaería.
     No se detuvieron ante su propia traición, sino que arrastraron a la vergüenza y al crimen a los hombres a su mando y hasta minaron la moral de uno de los colegios en que se forjaban oficiales para el ejercito: la Escuela de Aspirantes.

Acto 2
     La traición pendía como pólvora esparcida sobre brasas.
     En Tlalpan, sede de la Escuela de de Aspirantes, también había actividad subversiva.
     En la estación de los trenes eléctricos están dos carros, cada uno con un remolque enganchado, estacionado sin que aparentemente nadie se dé cuenta de su existencia.
     El personal de ambos carros, conductores y motoristas, dormitan arrebujados en sus abrigos, tratando de escamotear unos grados de calor al relente helado de aquella madrugada incipiente.
     Es la madrugada del 9 de febrero de 1913.
     En la estación y sus cercanías, salvo la presencia de los adormilados individuos que forman las precarias tripulaciones de los trenes eléctricos ahí estacionados, no se ve una sola alma viviente. La ausencia de gente es tan completa que asombraría a quien observara.
     De pronto, del rumbo de la Escuela de Aspirantes, llega un confuso rumor que poco a poco va tomando características hasta que se hace identificable, como el ruido de la marcha de tropa que lleva el "paso veloz".
     En breves instantes aparece una compañía de cadetes de la Escuela de Aspirantes. Vienen uniformados con chaquetin, pantalón de caqui y gorra alemana. Levan fornituras y el fusil embrazado, con el marrazo calado.
     Al llegar a la estación de los trenes eléctricos, en donde están los dos carros estacionados, rápidamente se posesionan de ellos y sin perder un solo momento presionan a los tripulantes para que los pongan en movimiento tumbo a la ciudad de México.
     Al mismo tiempo que se desarrollaban las escenas que se describen en los párrafos anteriores, en la misma calzada de Tlalpan, a la altura de Churubusco, un escuadrón de caballería de la Escuela de Aspirantes viene en marcha hacia México, manteniendo un aire de "trote acelerado". La indumentaria que porta esa fuerza es igual a la que traen los que hacen su viaje rumbo a la traición utilizando los tranvías, pero los montados calzan botas fuertes, llevan carabina "a la granadera" y sables.
     Tanto los que integran el escuadrón de caballería como los que forman en la compañía de infantería que viaja a México en los trenes eléctricos, vienen con su dotación de oficiales, y estos portan espadas y pistolas al cinto.
     En Tacubaya también la traición esta activa.
    Del cuartel de caballería de aquella demarcación salen, en son de campaña, elementos de tropa montada, formados en dos en dos, marchando sobre la ciudad de México. La tropa lleva los uniformes de dril que usaba en aquellos tiempos la clase inferior del ejército. Sus oficiales uniformados también a la usanza de entonces, con uniformes de caqui y gorras de paño negro, marchan a la cabeza de aquella fuerza.
     En la misma Tacubaya, del cuartel de artillería, salen dos baterías de campaña, con su dotación completa de oficiales, tropa y ganado, por la puerta principal, rumbo a la calle, en la que toan desde luego camino hacia la ciudad de México, sin que pongan en su actividad la menor muestra de embozo o disimulo. Su actitud es a todas luces hostil y lo demuestran abiertamente.
     Y es ese espectáculo que se vio en casi todos los cuarteles en los que estaban alojadas tropas de la federación. El mismo talante de agresión y reto, la misma actividad de subversión y violencia. Los mismos dispositivos y aprestos para entrar en combate en cuanto se diera la orden para ello.
     Las calles de la metrópoli cobraron el aspecto de un campo de batalla: por los cuatro rumbos convergen, hacia el centro, tropas de caballería, infantería y artillería.
     Uno de los grupos que marchan hacia el centro de la capital, seguramente llevando como objetivo el Palacio Nacional, llevan a la cabeza a un coronel y al general Gregorio Ruiz, quien va vistiendo un traje de paisano y tocado con un sombrero de charro.
     Por el otro rumbo viene también a tomar sus posiciones de combate, una fuerza de artillería, a cuya cabeza marcha el general Manuel Mondragón, también vestido de paisano, con sombrero de ala corta, saco largo, pantalón de montar y polainas. Monta a caballo en albardón y lo acompañan algunos civiles y oficiales, todos montados.
     Allá está esta el zócalo: luce arboleda y su quiosco, y en marca su amplitud el Palacio Nacional, con sus tres puertas de entrada en las que hay centinelas dobles, mientras que guarda el flanco de la Catedral, que eleva al cielo sus dos torres maravillosas.
     Fuera de los centinelas que hacen su servicio en las puertas del Palacio Nacional, no hay nadie más a la vista. Parece un desierto el amplio zócalo a esas horas en que apenas clarea el 9 de febrero de 1913.
     Legan los trenes procedentes de Tlalpan y desembarcan de ellos los cadetes de aspirantes con toda celeridad y, llevando sus armas embrazadas, se dirigen a paso veloz hacia las tres puertas de Palacio Nacional.
     El elemento sorpresa obró ampliamente ayudando por la rapidez que emplearon los cadetes para actual. Se echaron sobre los centinelas amagandolos y desarmandolos con presteza notable y, una vez que han dominado a los centinelas, hacen lo mismo con los elementos que componen las guardias de las tres puertas.
     Han dominado el Palacio Nacional. Esta en su poder.
     Por la puerta más cercana de la catedral, sale de palacio, al paso veloz, una sección de aspirantes y penetra a la catedral, procediendo desde luego a escalar las torres con objeto de dominar hasta lo posible las entradas al zócalo y los limites de este.
     En lo alto de las torres, los cadetes de aspirantes toman rápidamente dispositivos de combate y permanecen a la expectativa.
     A los pocos instantes de que los cadetes de aspirantes se han apoderado del Palacio Nacional, desarmando a las guardias que estaban en las puertas, llegan fuerzas de infantería de la ciudad y, desde luego, se hacen cargo de los servicios de guardia en los mismos sitios en que antes estuvieron los soldados ahora presos y desarmados.
     En el interior de Palacio Nacional, en el patio central, los aspirantes, en son de alerta, deambulan sin guardas formación determinada. Hay bullicio y algarabía entre ellos. Parece que no se han dado cuenta cabal de la magnitud de los actos que acaban de ejercer.
     Un oficial dice a otro:
      ya vez que fácil fue esto.
     -La verdad es que no costó ningún trabajo -dice otro-. Yo me esperaba que hubiera alguna resistencia.
     -A estas horas, nuestra caballería y las demás fuerzas deben estar poniendo en libertad a los generales Bernardo Reyes y Félix Díaz, en Santiago Tlatelolco y en la Penitenciaria.
     -Si es así, dentro de poco rato los tendremos aquí.
     Aquí se acabó el chaparro.
     Mientras tanto, la caballería que salió de Tacubaya al mando del general Ruíz, y el escuadrón de aspirantes que venia por la Calzada de Tlalpan, unidas las dos fuerzas y juntas con la artillería, hacen su aparición en la Plaza Santiago Tlatelolco, llevando como jefe al general Manuel Mondragón. Cuando han entrado a la plaza, dan frente a la prisión militar.
     La guardia de la prisión, formada por tropas de caballería, está dispuesta, en formación, a la puerta de la prisión.
     Por el fondo, viniendo del interior, aparece el general Bernardo Reyes, vestido de civil, pero con pantalón de montar y botas de charol.
     Al avistarlo, el comandante de la guardia, que ya ha sido oportunamente "trabajado" por los sublevados, grita:
     -¡Viva el general Bernardo Reyes!
     A ese grito, todos los militares que están tanto en la guardia como en la Plaza de Santiago , contestan:
     -¡Viva el general Bernardo Reyes!
     El general Reyes sale hasta la acera junto a la puerta de la que fuera su prisión y ahí se detiene. Al parecer, los generales Ruiz y Mondregón echan pie a tierra y avanzan hasta acercarse al general reyes, a quien saludan con afusivos abrazos y enérgicos apretones de manos.
     -A sus ordenes, mi general Reyes -dice el general Ruíz.
     -Usted ordena, mi general Reyes -dice Mondregón mientras se cuadra.
     -¿traen caballo para mi? -pregunta el general Reyes.
     Un sargento avanza llevando de la brida un caballo ensillado, y haciendo el saludo al general Reyes le dice:
     -Aquí esta este caballo para usted, mi general.
     El general monta agilmente en el soberbio caballo ensillado con albardón que le ha presentado el sargento. Una vez montado, dice a los generales Ruiz y Mondragón:
     -Vamos a poner en libertad a Feliz; después iremos a palacio.
     -El palacio Nacional ya está en nuestro poder -informa el general Ruiz.; lo tomaron los cadetes de Aspirantes y están en posesión de él y de las torres de la catedral, por si hace falta.
     -Bueno -acepta el general Reyes-. Vamos a sacar a Félix de la penitenciaria.
     Poniéndose a la cabeza de la fuerza que integran todos los elementos que lo han libertado sin esfuerzo alguno, el general Reyes abre la marcha rumbo a la penitenciaria. El trayecto desde Santiago Tlatelolco a la casa penal, se lleva al cabo sin que se registre incidente alguno y solamente despertando la natural curiosidad de los metropolitanos que ven, no sin temor, el paso de aquella gente armada.
     Al Llegar frente a la penitenciaria, apenas comienza a amanecer pero ya hay suficiente claridad. De inmediato a su arribo, las fuerzas rebeldes se forman frente al vetusto edificio. Cuando se ha hecho alto, el general Reyes le ordena a un oficial:
     -Valla usted y dígale al director de la prisión que ponga inmediatamente en libertad al general Félix Díaz o que si se niega, atacaremos desde luego.
     -Si, mi general -dice, cuadrándose, el oficial y parte inmediatamente para cumplir la orden recibida.
     Desde que las tropas sublevadas se han acercado a la penitenciaria, el prisionero general Félix Díaz, al que salvo del paredón de fusilamiento el buen corazón de Francisco I. Madero, ha observado los movimientos desde la ventana de su celda.
     Ya el sabia lo que afuera estaba sucediendo y sabia que aquella tropa iba a la prisión para ponerlo en libertad.
     Fuera, por si se hace resistencia a la pretensión de que sea liberado el general Díaz, la artillería que viene con los sublevados ha tomado dispositivos para entrar en acción y apunta sus piezas sobre el edificio. Los sirvientes de cada pieza y los oficiales respectivos, están en sus puestos listos para abrir fuego sobre la prisión y arrasarlo todo.
     No hubo dificultad. La balanza se inclina fatalmente en favor de los insurrectos, y el sentido de la lealtad y del cumplimiento del deber se supeditan al temor y a la coacción.
     Por la puerta de la penitenciaria, abierta de par en par, aparece el general Felix Díaz acompañado del oficial que fue enviado para demandar su libertad. Inmediatamente se le acercan varios elementos civiles, amigos que ya estaban en la conjetura y que se han ido reuniendo mientras se le libertaba. No falta la gente curiosa que siempre surge de cualquier parte en cualquier circunstancia, y entre toda aquella gente, como haciendo cabeza a los que recibían al rebelde Felix Díaz, recién liberado de la prisión, estaba el licenciado Rodolfo Reyes, hijo del general Bernardo Reyes.
     Felix Díaz saluda a sus amigos y a la gente en general, con ostensibles muestras de contento y regocijo, y cuando puede abrirse paso por aquel grupo que lo saluda y aclama, viene hasta donde están los generales que lo han liberado, los saluda con afecto y, desde luego, le dan un caballo en el que monta y se disponen a marchar todos, esperando solamente el tiempo necesario para que la artillería enganche nuevamente sus cañones y los avantrenes y tome el orden de marcha.
     Toda la columna emprende la marcha hacia el Palacio Nacional.

miércoles, 2 de abril de 2014

recorrido final de Porfirio Díaz (segunda y ultima parte)

con ustedes la segunda parte del recorrido final de Porfirio Diaz, esperamos les agrade y si conocen mas de la historia de este recorrido o cuentan con imagenes del hecho agradeceriamos que contribuyeran.


En el puerto veracruzano está atracado el
“Ipiringa”, barco de pasaje, alemán. Espera a don Porfirio Díaz, a sus familiares y acompañantes para conducirlos a Europa. A Francia, pues es a Paris a donde el general Díaz ha dispuesto ir a vivir su destierro voluntario.
El pie de la pasarela que da acceso al barco, veinte hombres de las guardias presidenciales, pie a la tierra, están formados. A lo largo de muelle, en dos largas filas, están formados los soldados de un batallón federal, haciendo valla. Llevan banda de guerra, bandera y banda de música.
     Viniendo de la ciudad, aparece en la lejanía el general Porfirio Díaz en medio de sus familiares y un grupo de personas civiles y militares, que le acompañan para despedirlo.
     Al avistarlo, un oficial ordena al corneta de órdenes que toque “presentar armas”, seguidamente, “Marcha de Honor” y “Entrada de Banda”. La banda de música comienza a ejecutar el Himno Nacional, pero, a una imperiosa señal que da con violencia y energía el propio general Díaz, todos aquellos honores se suspenden.
Ya no es el presidente de la republica el que está ahí. Es un general del ejército, un ciudadano de la patria mexicana, pero nada más.
     Llega el general Díaz hasta el principio de la pasarela que permite el acceso al barco que ha de conducirlo hasta el viejo continente. Está rodeado de todas las personas que han ido con él y con los suyos para despedirlo. Se vuelve dando frente a todos ellos y, con la pausada voz que le fue característica, con semblante serio, sumamente serio, diríase patético, se dirige a todos y dice:
-   Ha llegado el momento de que nos despidamos. Ha sonado la hora de dejar México para siempre. No quiero emprender la marcha sin decir a ustedes que les agradezco, en lo más íntimo de mi corazón, todas las atenciones y todos los servicios. No los olvidare nunca y solo quiero hacerles una recomendación, en la que les pido tengan todo el empeño posible; quiero hacerles esa recomendación, como soldados, y es una sola cosa: que tengan presente que hay un nuevo gobierno en el país, un gobierno que es completamente legítimo. Sírvanlo con toda lealtad y con todo patriotismo. A usted general Huerta, le recomiendo tanto como militar y mexicano, que sea usted leal. Y a ustedes, soldados de la guardia presidencial, soldados de mi guardia, sean siempre leales. ¡Adiós!.
Mientras sonaban en un ambiente extrañamente silencioso las palabras del que fuera Presidente de la Republica por más de treinta años, por los rostros curtidos y viriles de algunos oficiales y soldados, las lágrimas corrían sin embozo alguno. Eran lágrimas de hombres que daban el adiós a su jefe.
Había un patetismo inequívoco en las palabras del viejo militar. Parecía que adivinaba que aquella era más que la despedida a un grupo de sus leales, el adiós para siempre a la tierra patria, al cielo mexicano y a todo lo que había sido su vida y acción.
En medio de silencio ominoso, y tras simples apretones de manos y marciales saludos militares, el general don Porfirio Díaz, su esposa Doña Carmen Romero Rubio de Díaz, su hijo el coronel Porfirio Díaz, la esposa de este, os tres pequeños hijos del coronel, nietos del general Díaz, algunos otros representativos de su tiempo y de su medio que quisieron seguirlo hasta el exilio, así como varios criados y sirvientes, abordaron el barco, marchando sobre la pasarela tendida hasta el muelle.
Mientras sus familiares, amigos y sirvientes han entrado al barco, el general don Porfirio Díaz se queda de pie en el portalón, acompañado de varios oficiales del barco, contemplando con intensa avidez el muelle, la gente, el cielo, el panorama porteño.
Pasaron los viajeros a ocupar sus respectivos camarotes, a disponer sus equipajes, a tomar toda esa serie de pequeñas medidas que son indispensables para el confort y la comodidad en un viaje por mar, que ha de durar largos días.
Las órdenes para zarpar fueron transmitidas desde el puente de mando a las máquinas y los oficiales de proa y popa. Los marinos desligaron los calabrotes y con las maquinillas de vapor empezaron a cobrarlos una vez que los hombres del puerto los soltaban de las bitas del muelle. La hélice empezó a girar bajo el agua, hacia la popa de la nave, y esta se fue separando poco apoco del muelle, meciéndose suavemente con el manso oleaje de la bahía.
Desde tierra llegan hasta la nave las notas de la banda que ejecuta “las golondrinas”, ese adiós musical que tanto siente el mexicano.
En la orilla misma del muelle, que parece que se va alejando del barco en vez de sentirse que sea el barco el que se aleja del muelle, la gente ha formado un numeroso grupo que, conmovido, ondea sus pañuelos en señal de despedida a los viajeros.
Desde la cubierta de la nave, el general don Porfirio Díaz, descubierto, saluda a los de tierra con su pañuelo y, de vez en cuando, mientras la mano diestra agita el pañuelo en señal de despedida, parece olvidarse de hacer  el saludo y el pañuelo viaja cerca de los ojos del viajero militar, en busca de un tributo a la patria que se va quedando allá, mas y más lejos, mientras la nave cobra impulso en su macha y enfila a la salida del puerto.
En tierra hay corazones que lloran la ausencia del anciano militar. Hombres que sirvieron bajo sus órdenes toda una vida y que nunca se pararon a juzgar sus actos. Solamente saben que es su jefe que se ausenta.
En la nave que lleva en su seno a los desterrados, hay lágrimas de intenso dolor, porque los familiares y amigos del general Díaz ven en el estoico semblante de este, la huella del gran dolos y la inmensa amargura que hay en su corazón por que sale de la patria como nunca pensó hacerlo, exiliado, desencantado y desengañado; con la cruel verdad de la farsa de aquellos que creyó sus amigos solamente lo utilizaron como medio para lograr sus propios fines.
Hay dolor en aquellos corazones, por que dejan la patria que los cobijo y acuno. La tierra natal que los vio crecer y sustento sus primeros pasos.
Hay dolor en el ambiente por que la salida de una nave siempre es triste y agudiza el halito sentimental de los adioses.

Hay dolor, como hay dolor en todo lo que sea despedida y, en esta ocasión, aun mucho más porque, más que una despedida, fue aquello el adiós final de un hombre y de una época.


recorrido final de Porfirio Díaz (primera parte)

nota inicial: en algunos de sus correosmencionaron que les gustaria conocer un poco mas sobre lo que fue el ultimo dia que Porfirio Diaz vivio en México, estos correos datan desde que les presentamos el texto de renuncia de Porfirio Díaz, no habiamos atendido el pedido por la simple razon de que no encontrabamos tal informacion, no obstante hace algunos dias indagando en algunos libros encontramos algunos parrafos que narran este hecho, cosa que aqui les presentamos:

Es la madrugada del sábado 27 de mayo de 1911: en la estación del ferrocarril interoceánico, de San Lázaro, hay una agitación concentrada en torno a un carro, el ultimo de un convoy, en el que están tomando acomodo el general de división Porfirio Díaz, el ex presidente de la república; su esposa Doña Carmen Romero Rubio de Díaz; el coronel Porfirio Díaz hijo, la esposa de este y dos ayudantes del general Díaz, a quien acompaña el general Victoriano Huerta.
En los andenes de la estación hay una multitud que trata de ver lo que sucede dentro de aquel carro, en el que viajara el general Díaz.
Dentro, los servidores del tren a acomodado los equipajes de los viajeros, y estos hacen ese usual reconocimiento de sus sitios, especie de hogar transitorio sin más duración que el termino del viaje.
El general Victoriano Huerta, hombre de aspecto torvo, al que contribuyen en no escasa suma los espejuelos ahumados que cubren su mirada, es un individuo de estructura fuerte, aspecto corpulento aunque evidentemente ablandado por la molicie. Viste un uniforme de su grado y en cada uno de sus movimientos se ve que tiene la costumbre de hacer lo que quiere. Es seguro en sus ademanes y movimientos. En un momento dado, aprovechando que el general Diaz levanta la vista para abarcar el carro dentro del que están, huerta dice:
-todo listo mi general. Se emprenderá la marcha cuando usted lo ordene.
-es usted comandante del convoy, general Huerta. Ordene lo que sea conveniente.
El general Huerta hace el saludo militar y se aleja un poco para hablar con un oficial, el que sale rápidamente y comunica instrucciones al conductor del convoy. Se observan los movimientos característicos a los preliminares de la iniciación de la marcha tras de un largo silbido de la locomotora.
A la plataforma trasera del carro último del convoy sale el general Porfirio Díaz. Va vestido de paisano y cubre su cabeza con un sombrero de paja. Se despide con la mano de escasas personas que han llegado hasta cerca de él y que permanecen en los andenes de la estación. A medida que el tren va alejándose, los movimientos de la mano diestra del general Díaz se hacen más lentos y la tristeza de lo que le despiden desde la estación, se hace más patente.
El tren, con su ruido en crescendo, va entrando en la lejanía del horizonte.
     Don Porfirio, en el interior del carro en que viaja acompañado de sus familiares, va sentado en un sillón. Se duele de su muela que ha estado molestándolo en los últimos días. Contempla, ensimismado, como el paisaje mexicano va escapándose en rápido huida. Con los ojos bebe materialmente ese paisaje de cactus y serranías, de cielos amplios y horizontes vastos, ese paisaje de la patria, a la que ya nunca volverá a ver.
     El resto del grupo que viaja con el general Diaz parece percatarse, al fin de la trascendencia histórica que tiene el momento que vive aquel hombre, y le deja solo con sus pensamientos, sin atreverse a distraerlo con sus meditaciones.
     Va el tren raudo por entre el lomerío, como si el descenso de la altiplanicie lo impulsara hacia el mar del golfo, más que la tracción misma de la máquina que la arrastra.
     De pronto, algo extraño sucede en el exterior. Se escuchan ruidos alarmantes, sonido que parecen familiares y, en medio de estridencias de hierros oprimidos de improviso, el tren se detiene bruscamente. Al dejar de atronar con el ruido de su marcha, deja el paso a los otros ruidos que antes llegaran confundidos: son disparos. Es la voz de las armas de fuego que lleva desde la lejanía.
     Del tren, detenido en pleno campo, descienden los soldados que le dan escolta y, bajo el mando de sus oficiales, disparan sobre un supuesto enemigo que se cree esta emboscado entre los matorrales que flanquean la vía, un poco alejados a ambos lados. Se cree, no sin lógica, que se trata de elementos revolucionarios.
     Cuando parece que se va a entrar en combate, desciende del tren el general don Porfirio Díaz empuñando una pistola en cada mano. Lleva el gesto decidido y ha vuelto a adquirir el talante del hombre que combatiera contra el invasor francés. Su casta militar cobra en el nueva actualidad y le impulsa a defender no solamente su persona, sino también su grupo.
     Al ver al anciano militar bajar del tren, se le acerca presuroso su hijo, el coronel Porfirio Díaz, y le dice, visiblemente inquieto:
-   Pero, papá ¿Por qué bajaste?
-   Soy, antes que todo, un soldado, hijo –comenta sobriamente el general Díaz, mirando, con su vista ducha en achaques bélicos, por encima del hombro de su hijo, hacia el paisaje, en busca del enemigo emboscado.
-   No hay nada, papá. Huyo el enemigo –informa el coronel Díaz.
-   Bueno, es mucho mejor así –comenta el general Díaz, mientras que vuelve sobre sus pasos encaminándose nuevamente hacia la escalerilla del carro.
Viniendo de la parte delantera del tren, se acerca el general Victoriano Huerta hasta llegar junto al general Díaz, al que saluda militarmente y le informa:
     -huyó el enemigo, mi general. Podemos continuar la marcha.
     - Usted es el que manda, general –contesta el general Díaz, mientras aborda nuevamente el tren.

         Todos vuelven al convoy, escolta y oficiales y, tras los silbidos con que se hacen señal los encargados del tren, este reanuda su marcha que, sin ningún otro contratiempo, termina en el puerto de Veracruz.


Urquizo, F. L. (1978). ¡viva Madero! México: editora de periodicos S.C.L.