sábado, 3 de mayo de 2014

decena trágica (parte siete)

Acto 13

     Creer que el general Victoriano Huerta no se había percatado de que sus intenciones y maniobras políticas dejaban mucho campo para que los curiosos y los observadores interesados no se dieran cuenta de ellas, seria tanto como tratar de negar una verdad. Huerta no era un adocenado ni mucho menos. Muy por el contrario, tal vez fuera su agilidad mental la que lo había llevado a maquinar una trama tan bien urdida al par que tan compleja, mediante la cual iba tras del poder, a costa de lo que fuera, pero con ese solo y único punto como meta y fin: el poder.
     Sabia perfectamente que se criticaba a “soto-voce” la forma en que se llevaba la batalla por la reconquista de la ciudadela y, por ende, la derrota del felixismo. Conocía, tal vez hasta con nombres y señales, quienes eran los que pensaban de una manera y quienes los que lo hacían de otra forma, pero sabia perfectamente donde radicaban sus enemigos y no los desestimaba, simplemente los cegaba con actitudes profundamente hipócritas y desplantes de un cinismo inaudito. En esos dos extremos radicaba su personalidad que, sin embargo, contenía mucho de capacidad técnica y una preparación digna de mejores empeños.
     Dándose cuenta de cómo se estaba descubriendo el juego que él había planeado, decidió tal vez jugarse una carta sumamente aventurada, pero que si daba resultado, lo colocaría en la posición exacta en que quería estar para dar el golpe definitivo.
     Fue a ver, por enésima vez, al Presidente Madero, al que no dejaba de ver durante más de dos horas con uno u otro pretexto, pero, en verdad, para estar perfectamente al tanto de cómo estaba informado de los acontecimientos y saber, en todo caso, hasta qué punto conocía realmente la verdad que se ocultaba bajo las maniobras de ataque contra la ciudadela que, en verdad, no eran sino escueta y llanamente asesinatos en masa en los que iban muriendo enviados al matadero, los amigos leales del señor Madero.
     Encontramos, pues, al general Huerta en el despacho privado del Presidente, hablando con él. Están los dos solos y el general Huerta, para entrar en el tema que quiere investigar, lleva la conversación bajo un disfraz de informe de operaciones realizadas:
-Nuestro ataque de artillería, señor Presidente, ha sido muy efectivo sobre la ciudadela. Estimo que el terreno esta ya suficientemente preparado, y esta tarde, por lo tanto, daremos el golpe final. Yo le garantizo a usted, señor Presidente, un éxito absoluto.
     -Así lo creo y espero, general.
     Como tengo que echar mano de todas las fuerzas que pueda y ante la responsabilidad que gravita sobre mí de abatir a los sublevados, pero también de velar por la persona de usted, en su carácter de Presidente de la República, he dispuesto que el 29º. Batallón, al mando del general Blanquet, se haga cargo del resguardo y defensa en su caso, del palacio nacional, mientras con el resto de las fuerzas disponibles se efectúa el asalto sobre la ciudadela. Además, aquí mismo, al costado del palacio, está un regimiento de rurales con objeto de que coopere con el general Blanquet en caso necesario.
     -¿para que tanta fuerza aquí, general? –Preguntó el señor Madero-. Creo que mas falta haría en otra parte.
     -Hay que estar prevenido contra cualquier ataque de mano –Dijo el general Huerta, con la más amplia de sus actitudes con que trababa de reiterar las seguridades de la lealtad y honradez que había dado una y otra vez al señor Madero-. Toda precaución me parece poca. Tenga confianza en mi, señor Presidente.
     -La tengo absoluta, general.
     Ya estaba perfectamente preparado el terreno psicológico para asestar el golpe, y el general Huerta, taimado y perverso hablo:
     -Don Gustavo, con quien he llevado siempre, felizmente, muy buena amistad, ha estado viéndome y aunque nada me dice en concreto en apoyo de lo que voy a manifestarle a usted, señor Presidente, me parece adivinar, me parece entrever en sus palabras y su actitud, que no me tiene mucha confianza.
     -Así es Gustavo- interrumpió el señor Madero, ha hablando con absoluta convicción, mientras buscaba con su honrada mirada los ojos escurridizos, velados tras los lentes oscuros, del general Huerta-. No tiene usted por que hacer caso de ideas así –continuo-. Quite de su cabeza esos pensamientos, porque, además, él lo aprecia a usted.
     -Gracias, señor Presidente; sus palabras me devuelven la confianza que creía en peligro. Creo en lo que usted me dice y haré lo que me indica.
     -No haga caso de nada, como tampoco yo lo hago. En situaciones como estas nunca faltan cuentos más o menos audaces. ¡Figúrese que me decían que andaba usted haciendo tratos con Félix Díaz!
     El general Huerta, levanta, incidentalmente, la vista del suelo en actitud de autentica sorpresa y clava los ojos huidizos en los claros y francos de Madero, como tratando de penetrar sus pensamientos y llegar a descubrir si aquello que le decía era una de las maniobras que el mismo –Huerta- gustaba tanto de emplear para formar polvareda y ocultar la verdad.
     Cuando creyó ver en la mirada del señor Presidente Madero lo que en verdad había en ella: franqueza y sin celeridad, ensayo un gesto teatral de indignación y cólera e irguiéndose sobre si mismo, exclamo con timbre de honor ofendido:
-¿yo?
-¡imagínese usted nada mas, general! –fue el comentario que por complemento hizo el Presidente.
El general Huerta protesto una y otra vez en tonos y formas diversas, que era leal y que los murmuradores no eran sino envidiosos que quien sabe que finalidad irían buscando con semejantes calumnias. El, aseguro, encontraría a los calumniadores y los castigaría ejemplarmente.
Pero mientras apisonaba su terreno en torno del presidente Madero, su imaginación ya estaba corriendo hacia sus propias oficinas de la comandancia militar de la plaza, a las que bajo en cuanto se despidió del señor Francisco I. Madero.
Una vez en sus dominios, realizo la investigación, con el mismo jefe del estado mayor, que lo condujo a localizar al sospechoso numero uno en la persona de su ayudante, el capitán Henríquez.
Hizo que se lo enviaran y se le dejara solo con el en su despacho, en donde, en cuanto tuvo al capitán en su presencia le dijo con aquella voz que era presagio más exacto fatal de lo inevitable, tratándose de Huerta:
-¡tengo la firme seguridad de que usted ha ido a contar a alguien allegado al Presidente que yo ando en tratos con el general Félix Díaz!
Hablaba con indignación trabajosamente contenida, sus ojos parecían taladrar los cristales ahumados de sus lentes, mientras se clavaban en los del capitán, que apenas si balbuceo:
-Mi general…
-Es usted un oficial indigno –trono Huerta, en el colmo de su indignación-. A reserva de que se haga una investigación a fondo sobre el particular, queda usted arrestado ¡retírese!
El capitán Henríquez, soldado pundonoroso y militar por sobre todas las cosas, saluda y abandona la oficina del general Huerta. Va con paso lento, cavilando, por uno de los pasillos de las oficinas de la comandancia. Su cara revela, bien claramente, cuales son las ideas y cuales los pensamientos que bullen en su cerebro.
Mientras sus pies van caminando maquinalmente, con lentitud, su mano diestra va en busca de una libreta que lleva en uno de los bolsillos de su guerrera. La saca y luego, echando mano a su lapicero, escribe en una hoja de aquella libreta:
“capitán Adolfo Martínez Landolf:
Hermano:
Avisa a mi familia que muero siendo digno.
Henríquez”
Sigue caminando y cuando su menta ha cuajado toda la magnitud de lo que pudiera representar para el, como soldado, para sus familiares y para todos, el que se le sometiera a un proceso y se le acusara de cuanto se quisiera, entonces su mano va en busca de su pistola, la prepara y levantándola frente a su propio pecho, se dispara un tiro que le parte el corazón y cae muerto instantáneamente.
A la detonación, se produce alarma en las oficinas por todas partes y no se tarda en descubrir la razón del estrépito: ahí esta el cuerpo del capitán Henríquez, tirado, con la cara hacia arriba, con los ojos abiertos mirando sin rencor, sin temor, con la sublime serenidad de los que ya no pueden temer nada.
Su sangre, roja y burbujeante, sale a raudales por la herida y va empapando sus ropas y formando un amplio charco en el piso.
Aquel valiente oficial supo no solamente ser leal para con el Primer Magistrado de la República, por ser el símbolo de la patria y de las instituciones nacionales, sino que también, al ver que su acción podía ser utilizada para envolver en un escandaloso asunto a otras personas y a el mismo, también supo morir con serenidad y dignidad, prefiriendo que fuera su propia mano la que segara la existencia y no un pelotón de fusilamiento, tras de un proceso infamante del que jamás se hubiera podido defender.
Lo sucedido en las propias oficinas de la comandancia militar de la plaza, bien pronto se supo en todos los corrillos de la ciudad. Se comento de diversas maneras y cada quien saco las conclusiones que su grado de información o su acceso a los datos más verídicos, le permitía. Pero había en la capital alguien que si sabia perfectamente cual había sido la verdadera causa de que el capitán Henríquez se hubiera suicidado.
Mejor dicho, eran dos las personas que si sabían el fondo que había en la trágica determinación de aquel pundonoroso militar.
Era uno de ellos el propio general Victoriano Huerta, que no podía ignorar que las palabras que el señor Presidente le había dicho eran ciertas, verdaderas, aunque el miso Francisco I. Madero no las creyera. Huerta sabía que era un traidor, y con la determinación del capitán Henríquez confirmo que no solamente aquel oficial, ahora muerto, estaba en posesión de su secreto; tenía que haber otros enterados, pues alguien era quien había llevado la noticia a la Presidencia de la República.
El otro que sabia todo cuanto la muerte del capitán Henríquez trato de cubrir, era nada menos que el mayor Germendia, ayudante del señor presidente, y en funciones de insectos general de policía, pues era el quien había recibido la versión, alarmante por todos conceptos, pero largamente sospechada, a conocimiento del propio Presidente de la Republica y, por eso, cuando el mayor Germendia se entero de lo que había hecho el capitán Henríquez, supo que algo estaba ya suficientemente maduro para reventar o que aquel acto revelaba que tendría que abortar la conjura y, sabiéndolo, considero que su lugar estaba cerca de la persona del señor Presidente, por que, lógicamente, sobre el tendría que caer toda aquella tenebrosa serie de maniobras, y marcho a las oficinas presidenciales pretextando que su presencia solamente obedecía al deber de informar de lo que acababa de suceder en las oficinas de la comandancia militar de la plaza.
Nunca una corazonada fue mas cierta y reveladora de lo que venia en seguida.
En las oficinas presidenciales estaba el señor Madero acompañado de varios de sus ministros y también estaba ahí el capitán Federico Montes, ayudante del Presidente.
Tal vez si al mayor Germendia no se le ocurre hacerse presente ese día a esa hora en la Presidencia de la República, los acontecimientos posteriores no hubieran marcado tan profunda huella en la historia de México. Germendia fue, con Montes y otros de los que ahí estuvieron, actores muy destacados y dejaron escrita, con su actitud, una pagina de honor y valentía muy significativa.

Acto 14

     Los acontecimientos se venían sucediendo en la capital de la República con un ritmo que cobraba aceleración de instante en instante. La nueva de que los cenadores porfiristas del Senado habían ido a pedir al palacio nacional las renuncias de los señores Francisco I. Madero y el licenciado José María Pino Suárez, de sus puestos de presidente y vicepresidente de la República, llevo a las oficinas presidenciales a numerosos amigos que felicitaron calurosamente al señor Madero por la actitud que había asumido ante aquellos políticos y los comentarios sobre la forma en que había terminado la entrevista con ellos, eran en todos los tonos, pero siempre dentro de un regocijo acentuado.
     El ministro de Gobernación, licenciado don Rafael Hernández, decía al Presidente, comentando aquella entrevista:
-Has hecho muy bien en decir lo que les dijiste a los senadores y a los diplomáticos que venían con ellos, era lo menos que se podía esperar.
-¡Pues, hombre! –Comentaba el Presidente- ¡no faltaba más! Como se les ocurre pensar que va a estar el Presidente de la República, elegido por el pueblo sujeto a la mas peregrina decisión que puedan tomar unas cuantas personas tan solo por que así lo creen ellas y estiman conveniente ¡Pues valla respeto a la voluntad popular!
-es usted el Presidente, y su actitud fue la que su dignidad indicaba. Tiene usted toda la razón –dijo otro de los visitantes.
Finalmente, como para cerrar la conversación sobre aquel paso aventurado, pero peligroso, que dieron los senadores porfiristas, el Presidente de la República expreso:
     -Si el pueblo me pidiera que abandonara la presidencia, que me fuera, yo me iría inmediatamente; pero solo son unos cuantos rebeldes a los que se les tiene rodeados por tropas leales y a los que se esta a punto de destrozar; son ellos y sus aliados en el Senado los que me dicen que deje mi puesto. No estoy en ánimo de darles gusto. Todo el país esta con migo, lo se perfectamente, por eso les doy la pelea y me mantendré en mi lugar hasta el final.
Y al final venia avanzando inexorablemente, con esa fatalidad de las cosas que han de suceder y que nada ni nadie los puede detener o desviar.
Fuera, en las calles, en los sitios que circundan la ciudadela, la batalla sigue sin cesar, ruda, sangrienta, incesante, pero también, inútilmente. De poco o nada ha servido el sacrificio de tantos hombres que derramaron su sangre en el reiterado intento por apoderarse del refugio felixista. Sus esfuerzos se vieron truncados por la muerte a que los estuvo enviando también inexorable y despiadado, el general traidor Victoriano Huerta.
Una batería de cuatro cañones esta emplazada en el campo florido. La sirven un capitán y cuatro oficiales. Los sirvientes de las piezas están dedicados a la atención del cometido específico que corresponde a cada uno. El capitán ordena
-¡Batería! ¡Distancia 1500 metros! ¡Arco 108! ¡Corredera cero! ¡Granadas de tiempo! ¡Cinco cartuchos por pieza!
-¡Listo!... ¡listo! –informan, cortantes, voces lejanas de los servidores, manifestando que se ha ejecutado la orden.
Nuevamente el capitán ordena:
-¡Platillo 24! ¡Tambor 40!
Y otra vez las voces de los hombres de servicio en cada pieza, responden simultáneamente:
-¡Listo! ¡Listo!
-¡Corredor 34!... ¡Tiro de ráfaga!... ¡cinco cartuchos por pieza! A discreción… ¡fuego!
Los veinte estallidos de las piezas son producidos con rapidez, dejando esa sensación de sordera que resta cuando cesa el estruendo.
Los proyectiles silban con ronco desgarramiento de las capas atmosféricas y al explotar, en el viento, a la altura precisa, arrojan mortíferos conos de balines sobre las azoteas de la ciudadela.
Los hombres que están parapetados tras los paramentos de las azoteas del edificio de la ciudadela, al sentir el fuego de la artillería sobre ellos, corren buscando abrigo contra las granadas de tiempo que les envían los cañones del gobierno de la República.
El fuego es de una eficacia admirable, preciso, justo, exacto. Cada granada explota justo sobre el blanco al que va destinada, y los efectos no dejan de hacerse sentir tanto en lo que a las bajas se refiere, como en el animo de los hombres parapetados en la ciudadela, que no estaban acostumbrados a que se les disparara de verdad sobre ellos como en los días pasados a esta batalla.
Esos cañonazos si han sido disparados para que llegaran a causar el mayor daño posible, y así fue.
Los hombres que rodean a Félix Díaz están positivamente atemorizados. Los civiles que tanto alarde hicieron de bravura y decisión al unirse a los sublevados, ahora intentan escapar, arrojan el fusil para pasar desapercibidos y tratan de huir del campo de batalla.
La alarma ha llegado hasta el despacho mismo en que ventilan sus asuntos los generales Félix Díaz y Manuel Mondragón. Ahí están aquellos dos que son la cabeza de la rebelión. Con ellos están algunos oficiales y varios civiles. Han estado comentando la variante que se ha producido en la situación, consistente en que ahora si disparan los cañones del gobierno para acertar sobre la ciudadela.
Cuando los ahí reunidos se han cansado de exponer sus temores antes Félix Díaz y Mondragón, aquel, con talante de intrigante y maquiavélico, dándose toda la importancia posible, informa:
-He concertado un pacto con el general Victoriano Huerta. Para el efecto, el señor embajador de los Estados Unidos se presto admirablemente como mediador. En síntesis, el acuerdo o pacto establece que el general Huerta derrumbara al gobierno que encabeza Madero; eso dejara el campo libre para que sea designado el mismo general Huerta, presidente provisional, y luego se proceda a convocar a elecciones en el termino del plazo mas corto posible.
-Naturalmente, ¿será usted luego el presidente constitucional, no es así? –pregunta inquieto el general Mondragón, dirigiéndose a Félix Díaz.
-Bueno… -Sonríe Félix Díaz, poniendo cara de modestia impecable- Así lo esperamos. Por lo pronto y para mayor seguridad, en el gabinete que forma el general Huerta estarán elementos nuestros para que no haya posibilidades de que el pacto no se lleve a cabo al pie de la letra.
Uno de los civiles que están en aquella reunión, se atreve a meter baza y pregunta, con evidente ansiedad:
-Y… ¿Cuándo terminara esto?
-Hoy mismo –responde categóricamente el general Díaz, volviendo a recuperar su talante militar-. Hoy mismo por la tarde, cuando los atacantes suspendan el fuego, esa será la señal de que el general Huerta habrá llevado a termino la aprensión de Madero. Como una garantía de lo pactado, nos enviaran para que queden bajo nuestro poder a “ojo parado” y al intendente de palacio, Bassó
-Daremos cuenta de ello –grita un civil.
El licenciado Rodolfo Reyes, hijo del general Bernardo Reyes, que muriera al tratar de apoderarse del palacio nacional y que desde un principio ha estado con los infidentes, habla con pasión y odio incontenibles:
-Bassó fue quien mato a mi padre, el manejaba la ametralladora que acabo con su vida.
En otras partes de la capital, las cosas se iban desarrollando con precisión matemática, tal como las había preparado la mente tenebrosa del general Huerta.
La situación en el palacio nacional estaba absolutamente controlada por el general Blanquet, que tenia a su disposición el 29º. Batallón y al que se le había instruido meticulosamente sobre cada uno de los pasos que había de dar, como darlos y sobre la hora precisa en que había que ejecutar cada uno de ellos.
El bombardeo “n serio” sobre la ciudadela, había servido para obtener la anuencia definitiva para los planes trazados por el general Huerta, de parte de los cabecillas de la rebelión.
Para completar el cuatro, el propio general Huerta entra en juego y da la cara, mañosamente, pero da la cara.
La escena en que ha de tomar parte ha sido preparada en forma de un banquete que le “ofrece” al señor Gustavo Madero, para patentizarle su amistad y la comprensión y cordialidad que hay entre los elementos mas significativos del gobierno. Máxime cuando se han corrido las versiones de que la unidad del alto mando maderista no estaba tan firme y solida desde que, se decía, don Gustavo Madero y el general Victoriano Huerta no se llevaban bien entre si. El despliegue de exhibicionismo hecho en aquel banquete fue positivamente sugerente. Parecía que, efectivamente, se trataba de hacer que todo el mundo se diera cuenta de lo que ahí acontecía.
Los brindis menudeaban y no menos sucedía con las protestas de amistad para don Gustavo y lealtad para el Presidente de la República, en cuyo honor se bebía copiosamente.
Además de los personajes centrales de aquella ocasión, que eran dos Gustavo Madero y el general Victoriano Huerta, aquel, invitado principal, y este anfitrión, estaban ahí el general Delgado y numerosos jefes de los que formaban el estado mayor del general Huerta. El general Huerta tiene en la mesa, a su derecha al señor Gustavo Madero, y a su izquierda, al general Delgado.
-Lo he querido invitar a usted –Dice Huerta a don Gustavo –por que se lo merece; positivamente se lo merece usted, don Gustavo.
-¿Por qué me lo merezco, general? –pregunta no muy confiado, don Gustavo, a la par que detiene en mitad de camino la mano que llevaba la copa de coñac hacia su boca.
-Si don Gustavo; ya lo creo que se merece usted esto y mas. Se ha andado usted exponiendo durante todos estos días tanto como nosotros los militares.
-es mi deber; eso no es ningún merito.
-Por su cuenta han comido nuestros tropas estos días, y usted mismo, personalmente, ha repartido todos los alimentos –dice el general Huerta, poniendo en sus palabras el mejor tono de reconocimiento de que es capaz, mientras trata de dibujar una sonrisa en su rostro que es lo menos imaginable en semejante actitud-. ¡Que menos que tener el gusto de que usted coma con nosotros, don Gustavo! Yo le garantizo que estas tremendas luchas van a terminar esta misma tarde.
-¡Ojala que así sea, general! –Dice don Gustavo y agrega-: nada me es más anhelado por mí y por todos, que esta absurda matanza llegue a un punto final para bien del pueblo.
-No dude usted un solo momento, don Gustavo…
La palabra que iba a decir el general Huerta no llega a salir de su garganta, por que precisamente en esos momentos llega hasta el un ayudante que le dice:
-Mi general, lo llaman a usted por teléfono el general Blanquet, desde el palacio.
Huerta oye aquello, sonríe enigmáticamente y poniéndose en pies, dice, mientras se allega la guerrera tirándole sus vuelos inferiores:
-Voy… voy a contestar .y dirigiéndose a don Gustavo-: discúlpeme, don Gustavo, vuelvo en seguida.
Sale del salón en que esta celebrándose aquella comida y cuando ha salido, dice con autentica convicción al general Delgado.
-Cuando el general Huerta dice que hoy se acaba el fuego, es seguro que así va ser. No hay la menor duda.

Y... así fue.

viernes, 2 de mayo de 2014

decena trágica (parte seis)

Acto 11


     Los comentarios de la marcha de los acontecimientos ya no se embozan, para manifestarse abiertamente extrañados de como se llevaban las cosas.
Los elementos del desaparecido porfirismo que aun estaban enquistados en el nuevo régimen, abiertamente hacían propaganda sediciosa y netamente antimaderista. Los encabezaba Francisco León de la Barra y era secundado por varios miembros del Senado de la Republica, en cuyo seno había una mayoría porfirista más o menos manifiesta.
     Por otra parte, los amigos del maderismo y del señor Madero propiamente hacían un balance de los acontecimientos y sus características mas relevantes, no encontraban muy clara y diáfana la situación en lo que al manejo de las operaciones se refería por que, comentaban, se sabia que el coronel Rubio Navarrete, que se encontraba en la ciudad de Querétaro al producirse en México la sublevación felixista, se vino rápidamente hacia la capital y su primera visita, una vez que llego a México, fue a la Presidencia de la Republica, partiendo directamente de la estación del ferrocarril. Recibido por el presidente Madero, este lo puso al tanto de la situación, y en esa misma entrevista recibió el coronel Rubio Navarrete, por órdenes del propio señor presidente, el mando de la artillería.
Se le hizo conocer –entre otros detalles sobresalientes de la situación reinante- que los elementos de guerra se hallaban en la ciudadela y que, por lo tanto, estaban controlados por el general Félix Díaz, ya que este y sus partidarios estaban posesionados de la misma. El gobierno, cierto era, contaba con cañones y ametralladoras, los primeros con una dotación peligrosamente escasa de parque, no obstante lo cual y cuando hubo recibido el coronel Rubio Navarrete todos los informes que era indispensable que conociera para el mejor desempeño del mando que se le confiaba, manifestó al presidente, en gallardo alarde de competencia y lealtad, que podía tener la absoluta seguridad de que caería la ciudadela al día siguiente, por que “bastaba una hora de cañoneo constante para destrozarlos”
La actitud asumida por el reputado artillero coronel Rubio Navarrete y las seguridades y muestras de absoluta adhesión dadas al Presidente Madero en su entrevista, fueron inmediatamente conocidas por quienes estaban cerca del presidente Madero y, por conducto de ellos, de los amigos de la causa del gobierno maderista, cosa que los animo sobremanera, inyectándoles animo y confianza en que las cosas tendrían solución pronta y favorable.
Sin embargo, se comentaba ahora, después de tanto y tanto combatir y sacrificar hombres por centenares, que la misma noche en que Rubio Navarrete llego a la capital protestando tanta lealtad y ofreciendo eficiencia, había conferenciado con el comandante militar de la plaza, general Victoriano Huerta y, cosa inexplicable y sumamente extraña. Al día siguiente, al informar al presidente de la Republica, acerca de las posiciones que ocupaba la artillería bajo su mando, el mismo coronel Rubio Navarrete, que el día anterior había dicho textualmente que “bastaba con una hora de cañoneo constante para destrozarlos”, refiriéndose a los individuos posesionados de la ciudadela, ahora le expreso la pena de verse en el caso de tener que rectificar sus palabras dictadas por su optimismo entusiasta y expresadas el día anterior, “por que siendo tan espesos los muros de la ciudadela, metro y medio, bien poco se aria con los elementos de los que disponía”.
El palacio nacional estaba resguardado por soldados del 11º. Batallón de infantería, del 2º. Regimiento de caballería y algunos cuerpos de rurales de reciente creación integrados por “maderistas” de la revolución de 1910, patrullaban constantemente las calles adyacentes.
El palacio se había convertido en un cuartel general, pero a el solamente se tenia acceso mediante un pase firmado por el comandante militar de la plaza, el general Victoriano Huerta.
En las oficinas de la comandancia militar de la plaza ubicada en la planta baja del palacio nacional, el general Huerta ostenta espectacularmente una febril actividad, girando boletines a los periódicos, dando ordenes a oficiales y a civiles voluntarios y, en una palabra, manteniendo un ritmo de actividad verdaderamente ejemplar y admirable.
Entre sus ayudantes estaba el capitán Enríquez.
Esta el capitán Enríquez sentado en la antesala del general Huerta, meramente en forma accidental, pues esta “sosteniendo” por unos instantes a su compañero el capitán González, quien era el que estaba al servicio.
Llega a la comandancia el señor Gustavo Madero, acompañado de dos elementos civiles, y de inmediato se le admite en la oficina del general Huerta. Al entrar el señor Madero, saluda a Huerta en forma cortes y cordial.
-¿Cómo esta usted, general?
-Muy bien, don Gustavo. Creo que vamos adelantando.
-Yo no lo veo así, general –declara el señor Madero. Pesimista-. He recorrido todos los frentes de combate, llevando a las fuerzas algo para alimentarse y, verdaderamente, no he podido apreciar ningún progreso.
-Así le parecerá a usted –admite el general Huerta, taimado-. Pero yo le aseguro que esta misma tarde estaremos en la ciudadela y no va a quedar ni uno de ellos.
-Ojala así sea, expresa el señor Madero y, tras de hablar brevemente con el general Huerta sobre algo relacionado con el reparto de “sándwiches” que tanto el como la esposa del presidente, doña Sarita, venían sufragando de sus recursos particulares en una proporción de diez mil piezas cada uno de ellos, mismas que eran repartidas entre los hombres que combatían, se despidió:
-Bueno, me voy, general. ¡Hasta luego!
Cuando don Gustavo Madero abandona la oficina del general Huerta, con el salen los que vinieron acompañándolo y también los elementos militares que, por una u otra razón, estaban dentro de la oficina. En ella solamente quedaban el general Huerta y el jefe de estado mayor.
La puerta de comunicación de la oficina con la antesala, ha quedado entreabierta. En la antesala esta el capitán Henrique hojeando una revista, matando el tiempo mientras vuelve el capitán González que es quien esta de guardia. Dentro de la oficina del general Huerta se sostiene una conversación que, sin proponérselo, escucha el capitán Henríquez y le causa una terrible impresión:
-Todavía hay que madurar esto. Unos días más de combate y… todo estará a punto. Mande usted a esa persona de su absoluta confianza que valla a la ciudadela y diga al general Félix Díaz que estoy dispuesto a tratar con el, pero siempre y cuando sea sobre la base de que reconozca que la situación esta en mis manos y el nada puede hacer.
-Y –inquiere la voz del jefe del estado mayor-, ¿si no lo cree el así?
-Si el general Félix Díaz se cree ser el bastante fuerte- declara el general Huerta con espeluznante determinación-, yo le demostrare que lo tengo bien cogido y que puedo hacerlo pedazos si así lo deseo.
Se oye un chasquido de dedos, significativo.
La conversación entra por otros temas y luego sale el jefe de estado mayor, que al salir de la oficina privada del general Huerta, advierte la presencia del capitán Enríquez y no puede evitar que se note que se ha sorprendido al verlo.
-¡Ah! ¿Estaba usted aquí, capitán Henríquez?
-Si, señor. Estoy sustituyendo por unos momentos a mi compañero el capitán González, que es el que esta de guardia; regresa dentro de un momento.
El jefe de estado mayor lo mira por breves instantes y luego, como tomando una determinación, dice, mientras se aleja:
-¡Muy bien!...
El capitán Henríquez vio salir al jefe del estado mayor, recapacito sobre lo que había escuchado, y cuando estaba tratando de abarcar en su totalidad todo el significado de aquella conversación, llego el capitán González, diciendo:
-¿Qué? ¿Tarde mucho?
-No, no hubo nada –Contesto Henríquez y agrego-: te dejo, pues tengo que ir hasta donde esta el coronel Rubio Navarrete. ¡Hasta luego!
Salió a la calle. Mientras se encaminaban en busca del coronel Rubio Navarrete, iba pensando en lo que había escuchado, no podía creer a sus propios sentidos, pues al verdad era de tal magnitud escandalosa y reveladora, que sublevaba en su animo los mas elementales fundamentos de honor y dignidad que siempre había juzgado básicos para la carrera de las armas.
Ahora comprendía cosas que antes le parecieron un poco confusas o cuya incomprensión había achacado a su propia falta de observación, por ejemplo: recordaba la orden dada al comandante José Peña para que con su 52º. Cuerpo de rurales, cargara a pecho descubierto sobre los puestos avanzados que tenían instalados los infidentes por las calles de Balderas, protegiendo la ciudadela. El recordar aquella orden le revelaba todo lo tenebroso y criminal de ella, por que el general Huerta no era un ignorante en la materia militar, el lo sabia perfectamente. El general Huerta sabia de antemano que enviaba a esos elementos a la muerte segura, pues la artillería gruesa, las ametralladoras que coronaban los edificios y las emplazadas en las calles, acabarían rápidamente con los “rurales maderistas” como en efecto sucedió, pues apenas si unos cuantos minutos bastaron para dejar horrible hacinamiento de soldados y caballos muertos, escapando de aquella matanza un escaso centenar, en tan trágica y criminal jornada.
Iba meditando sobre cada una de las ordenes que se habían girado para concentrar en la ciudad de México hasta casi diez mil hombres, el lo sabia perfectamente y ahora que lo pensaba, comprendía que algo no estaba en su justo lugar, que había una pieza que no estaba en su sitio, pues en la ciudadela si apenas habría unos dos mil hombres y, por bien parapetados que estuvieran, no era lógico que su resistencia se hubiera prolongado ya tantos días.
Era ahora bien claro para el. Que resultaba escandaloso que no se hubiera alcanzado el triunfo y que fuera al parecer muy dudoso y lejano todavía, el final de todo aquello.
¿Qué acontecía en realidad?
¿Por qué se llevaban las operaciones con tanta lentitud?
El ánimo de la gente civil estaba siendo trabajado, como masa de tahona, con la levadura del sacrificio y el asesinato. Los cañones de la ciudadela disparaban sin ton ni son sobre cualquier parte de la ciudad, menos sobre lo que aparentemente podrían ser los objetivos lógicos. Las barriadas pacificas, distantes, estaban resintiendo destrozos terribles y tremendas perdidas en vidas. El ochenta porciento de las victimas sacrificadas en los combates a consecuencia del fuego, fueron no combatientes y entre ellos había de todo: hombres, mujeres y niños.
Ahora se daba clara cuenta de todo y tenia una cabal panorámica de los motivos y los porqués de esa espantosa matazón. Sabia bien, por que lo había oído, la clave descarada y cínica de los móviles tras de los cales estaba la mano que empujaba a los hombres al matadero.
El capitán Henríquez, auténticamente escandalizado ante la magnitud de la traición que se estaba desarrollando contra lo que se le había enseñado a respetar y defender, tomo una determinación perfectamente acorde a su natural lealtad y noble, que respondía a la educación y a la conciencia que tenia y al concepto que le merecía el uniforme que portaba.
Y tal como lo pensó, lo realizo
Por los medios mas seguros que pudo imaginar, hizo llegar al conocimiento de don Gustavo Madero los hechos que claramente se desprendían de la conversación que, involuntaria, pero felizmente, había escuchado en la comandancia militar de la plaza.
Sabia lo que en su actitud iba jugando y acepto el riesgo con decisión y entereza.
Era un soldado como tantos, que la suerte había colocado en el bando que no les correspondía.

Acto 12


     La situación tomo una cariz de inesperada gravedad, pues su aspecto no estaba dentro de previsiones que sobre el posible desarrollo de los acontecimientos se habían hecho, tanto en el campo del optimismo como en el del pesimismo.
Se tuvieron noticias de que el gobierno de los estados unidos del norte habían girado instrucciones para que barcos de guerra de esa nación navegaran hacia puertos mexicanos y que –y eso era lo mas serio y grave- sus tripulaciones y soldados traían ordenes de efectuar desembarco y marchar a la capital de la República Mexicana para “proteger las vidas e intereses de sus nacionales”.
Al tenerse conocimiento de tales cosas, políticamente desmesuradas y carentes de una explicación valida, el gobierno de México, encabezado por el presidente Francisco I. Madero, actuó rápidamente, y sobre el particular se cambiaron notas entre ambos gobiernos, sin que ello impidiera que el presidente Madero telegrafiara una bien fundada protesta, en enérgicos y patrióticos términos, al presidente Taft, mientras que se sostenían, en la ciudad de México, conferencias con el embajador de los Estados Unidos, señor Lane Wilson, logrando, al fin, conjurar el peligro que implicaba el que se hubiera realizado aquella precipitada intervención norteamericana en nuestro suelo y en nuestros asuntos domésticos.
A la sobra de los sucesos que se estaban desarrollando y que de todos modos tenían a la capital de la República en un paréntesis de intranquilidad y violencia, el licenciado Francisco León de la Barra, seguido por quienes comulgaban con sus ideas de un porfirismo imposible de revivir, y cobijados al amparo de las banderas inglesas, norteamericana o española, y visitando continuamente al embajador Wilson, con el que se entendía admirablemente, seguía desarrollando una incesante propaganda francamente sediciosa.
Quien sabe que maniobras habría tras de la actitud del licenciado de la Barra cuando, con un cinismo que rayo en lo grandioso, escribió una carta al presidente de la republica, Francisco I. Madero, en la que se ofrecía incondicionalmente a sus ordenes para ir a conferenciar con los rebeldes, dispuesto a lograr su rendición.
La respuesta del señor presidente fue la más lógica: le agradeció su gentil ofrecimiento, pero le manifestó que por ningún motivo deseaba entrar en tratos con los sublevados. Entonces, de la Barra fue en persona al palacio nacional y solicito ser recibido por Francisco I. Madero, y ante una insistencia extrañamente reiterada, el señor Madero le concedió que fuese s hablar con Félix Díaz, pero “de manera privada y nunca hablando en nombre del gobierno”.
El ministro de España estuvo ante el presidente para rogarle que le permitiera cruzar las líneas de fuego y entrevistar al general Félix Díaz, pues deseaba ejercer presión en el animo de dicho general, para disuadirlo de su actitud rebelde, o por lo menos, de lograr que se concretara a disparar sobre las fuerzas del gobierno y a destruir propiedades, vidas, etc. Naturalmente que, tratándose de un diplomático representante de un país amigo, el presidente accedió a su petición y, al efecto, dio las ordenes para que durante determinado tiempo comprendido de tal hora, se suspendiera el fuego hasta en tanto que regresaran los automóviles que condujeron a de la Barra y al ministro de Alemania y del embajador Wilson, de los Estados Unidos, estos por sus propios y muy personales razones.
Aquello fue la coyuntura que necesitaba el general Huerta para poner en marcha su plan personal.
Al calor de los cambios de emisarios, también el mando un ultimátum al general Félix Díaz “exhortándolo para que por su patriotismo se rindiera, en vista de las dificultades que presentaban con los Estados Unidos”. Con este motivo, se comisiono al mayor Mass, quien en repetidas ocasiones entro a la ciudadela y que, al fin, trajo como toda respuesta “patriótica” de Félix Díaz, la contestación de que “no le importaba que los Estados Unidos intervinieran en México”.
Posteriores investigaciones han dado por resultado el llegarse a saber que, en primer lugar, el mayor Mass era un pariente cercano del general Huerta y, luego, que efectivamente el general Huerta envió al general Félix Díaz con el mayor Mass un ultimátum, pero no con el marbete del patriotismo alerta ante la posible intervención de los Estados Unidos, sino en el sentido de no acceder a los deseos del propio general Huerta de que se le nombrase Presidente interino, al triunfo, lo atacaría con todo vigor y “en serio”. Ante semejante amenaza, pues nadie mejor que el mismo Félix Díaz sabia que si se le podía aniquilar fácilmente, consintió en lo propuesto por Victoriano Huerta, y los diversos viajes del mayor Mass a la ciudadela solamente sirvieron para ultimar los detalles finales de aquel criminal entendido.
Los desmanes seguían su curso. La labor de agitación sediciosa que llevaban al cabo los porfiristas encabezados por de la Barra, dio por resultado que la casa particular de Don Francisco Madero, padre, ubicada en las calles de Berlín y Liverpool, fuera incendiada.
Como el hambre y la inquietud crecían en forma justificada y alarmante al mismo tiempo, entre la población civil, que estaba careciendo de todo. Se concertó una tregua de veinticuatro horas que habría de iniciarse la mañana del domingo siguiente al de la iniciación de la contienda. Durante esa tregua, los bandos contendientes deberían concretarse a guardar sus posiciones. Aquello daría a los vecinos de la capital, la oportunidad de que salieran de la zona de peligro y se proveyeran de vituallas, ya que estas escaseaban en forma alarmante y peligrosa, y su escases daba pábulo para que la gente sin escrúpulos medrara vendiendo lo poco que se podía obtener, a precios prohibitivos.
Se llego a temer que el pueblo, acosado por el hambre, se lanzara a cometer desmanes en los que nadie podría garantizar la seguridad de los hogares.
A la población de la ciudad se le dio a conocer la noticia de la tregua concertada, por medio de volantes que se repartieron profusamente por todos los rumbos. El resultado fue el que era de imaginarse, dada la ansiedad e inconformidad reinantes: la gente se hecho materialmente en masa a la calla para procurarse alimentos. Salió la gente civil sin el menor temor, fiada en la tregua que se le aseguraba hacia sido concertada.
A las dos de la tarde, en forma sorpresiva y por enésima vez traicionera, los felixistas se lanzaron sobre las posiciones leales, abriendo un nutrido fuego sobre ellos, y ante aquella actitud no hubo más remedio que contestar el fuego con el fuego, a efecto de evitar mayores perdidas o el peligro de ser desalojados de sus posiciones.
Innumerables ciudadanos pacíficos, a los que una vez en la calle, una muy explicable curiosidad los había llevado a acercarse para darse cuenta de como estaban establecidas las trincheras y, en una palabra, como estaba eso de la “guerra”, cayeron atravesados por las balas felixistas.
El fuego, en esta ocasión, solamente tuvo apenas algunos momentos de tregua, sosteniéndose hasta el lunes. Los rebeldes concentraron, en esta vez, parte de su fuego de artillería sobre el palacio nacional, donde vinieron a caer dos granadas, precisamente cerca de la puerta mariana, hiriendo a cinco soldados. Como en los días anteriores, se siguió el bombardeo de los barrios pacíficos, haciéndose en ellos un despliegue de barbarie, sin importar a aquella banda de insensatos ni las perdidas de vidas ni los perjuicios que podría ocasionar esta actitud para la patria misma.
En las aristocráticas colonias Roma y Juárez, muchos felixistas ocultos en casas particulares, disparaban cómodamente sobre las tropas leales. Así fue como resulto gravemente herido el comandante de rurales, Gabriel Hernández.
El lunes, las esperanzas de llegar a un pronto y feliz termino de la situación, se vieron alentados por las circunstancia de que las fuerzas leales al gobierno, en un verdadero derroche de bravura y arrojo, lograron rechazar rebeldes, causándoles grandes perdidas, desalojándolos de sus posiciones de campo florido y una buena parte de la calle ancha. El edificio de la asociación cristiana de jóvenes fue recuperado y se le capturaron al enemigo varias ametralladoras y gran cantidad de parque.
Por la tarde de ese mismo lunes, las fuerzas a las órdenes del general Blanquet fueron movidas para reforzar la guarnición del palacio nacional. El aguerrido 29º. Batallón, según declaro textualmente el general Blanquet, seria, en caso desgraciado, el ultimo baluarte de la legalidad.
Por la mañana del día siguiente, martes, circularon profusamente por todos los lugares de la ciudad, hojas sueltas en las que se “exigía” la renuncia de Francisco I. Madero, a la Presidencia de la Republica. En el senado, los senadores de la Barra, Flores Magón y Calero, reunieron a los porfiristas, que eran mayoría en aquella cámara y después de llevar a cabo un cambio de impresiones para llegar a un acuerdo, reunidos en la casa de Sebastián Camacho, determinaron exigir las renuncias a los señores Presidente y Vicepresidente de la Republica, para cuyo efecto marcharon, en comisión formada por todos los mas destacados porfiristas, guiados por el licenciado Guillermo Obregón, José Castellot, Sebastián Camacho y otros, hacia el palacio nacional.
El Presidente de la Republica los recibió en uno de los salones del palacio; fue el licenciado Obregón el encargado de hablar en nombre de los senadores. Pronuncio un extenso y cansado discurso, pero no se atrevió a expresar de forma clara y franca su misión. Ante la actitud de aquellos señores, el primer magistrado suplico a Obregón que, sin preámbulos ni rodeos dijese el objeto que los llevaba a su presencia. Ya no tuvo remedio la situación y el licenciado Obregón, evidentemente acobardado y trastabillante, con la voz casi inaudible, acabo por manifestar que el senado juzgaba necesario, para bien de la patria, que los señores Madero y Pino Suárez presentasen las renuncias a sus respectivos cargos de Presidente y Vicepresidente constitucional de la República.
La respuesta del señor Presidente Francisco I. Madero, fue pronta, clara y enérgica, expresada en términos eminentemente patrióticos y condenando de modo severo, la actitud de aquellos miembros del senado de la República, no extrañando que ellos, perfecta y evidentemente ligados con el antiguo régimen, fuesen a pedirle su renuncia, agregando que por ningún motivo y mucho menos en las difíciles circunstancias que prevalecerían, renunciaría al cargo para velar por los sagrados derechos de la patria, le había conferido el pueblo, en una inmensa mayoría y que estaba dispuesto a morir por aquel pueblo, si ello era necesario, antes que darle la espalda y abandonarlo.
Aquella actitud del señor Madero confundió y avergonzó a los senadores pedigüeños de renuncias y, en que forma, “con la cola entre las patas”, abandonaron el recinto dando toda clase de torpes excusas a Francisco I. Madero y mostrando un paso lento, dijeron que fueron motivados por su ignorancia del estado verdadero de la situación.
El general Victoriano Huerta, que estuvo presente en aquella entrevista, se apresuro a abrazar y felicitar calurosamente al presidente de la Republica por su patriótica y correcta actitud.
De vuelta el señor Madero a su despacho, entro a verlo su hermano don Gustavo, quien sin rodeos dijo:
-Pancho, creo que Huerta no anda bien. Va al ataque muy lento y se esta perdiendo mucha gente sin beneficio alguno. No veo un empuje decidido; ¿Por qué no pones a otro general en su lugar?
-Me ha prometido el general Huerta que esta tarde tomara la ciudadela –dijo don Francisco.
-Lo mismo dijo ayer –insistió Gustavo.
-No te desesperes, Gustavo –Dijo don Francisco lleno de confianza-. Tú eres muy pesimista.
-Quisiera no serlo.
Entra, respetuoso, pero con premura, el mayor Garmendia, y explica:
-Traigo una noticia, señor presidente, que me parece muy importante.
-Hable usted, mayor .autorizo el señor Presidente.
-Un compañero, miembro del estado mayor del general Huerta, el capitán Henríquez, oficial muy estimado y sumamente pundonoroso, incapaz de nada que no sea el cumplimiento de su deber (lo conozco desde que estábamos en el colegio militar, ha ido a verme para informarme que, muy a su pesar, sorprendió una conversación entre el general Huerta y su jefe de estado mayor, conversación por la que se deduce que Huerta y Félix Díaz están en tratos.
-¡Te lo estoy diciendo Pancho! ¡Quita a Huerta y pon a Ángeles! –tercio don Gustavo, evidentemente enojado.

-No creo nada de lo que ustedes dicen. Huerta carga con una mala atmósfera que creo que no es justa. Por otra parte, Ángeles no podría mandar en jefe por que es brigadier y de recién ascenso y hay generales de brigada que mandan columnas de ataque, a los que no podría el mandar y que, además, están trabajando bastante bien.

viernes, 25 de abril de 2014

decena trágica (parte cinco)

Acto 9
Desde las primeras horas de aquel martes once de febrero, la actividad bélica asumió características de gran movilidad en todos los rumbos de la ciudad, pero, lógicamente, concentrándose sobre el punto toral que era la ciudadela, sitio en que estaban perfectamente bien parapetados y abastecidos los elementos, tanto civiles cuanto militares, que secundaban al general Félix Díaz.
Como detalle que, pudiera decirse, se observaba en la ciudad, como una consecuencia lógica de la situación que en ella prevalecía, ya el hambre estaba haciendo de las suyas, hincando sus garras, como siempre, en forma preferente en las clases económicamente más débiles. Era el tercer día de acontecimientos guerreros y, desde el primer, ya el ritmo usual de la vida capitalina había sufrido un dislocamiento y quebranto que significaba la falta de abastos casi en toda la línea. No se podía conseguir carne, legumbres, cereales, pan, leche, etc. Y la poca gente que se aventuraba a salir de casa, iba de un lado para otro exhibiendo  en su rostro, al par que el terror, pánico ante la inminente posibilidad, presente en sus mentes, de resultar victima de una descarga o de una bala “perdida”, el hambre que adquiría categoría de imperativo imprescindible, inaplazable y fatal.
En Tacubaya, la gente que llego de Cuernavaca bajo el mando del general Ángeles, después de ser revistada. Dotada convenientemente de municiones de guerra, partió de su cuartel rumbo a la ciudad de México. Era su formación, en dos largas hileras. Toda la fuerza estaba compuesta por elementos de infantería pertenecientes al 7º. Batallón. Cerraba su formación en la retaguardia, un numero de acumulas que llevaban sobre sus lomos, las ametralladoras y las municiones de repuesto.
A la cabeza, montado, marchaba el coronel Castillo, hombre de complexión robusta, más bien gordo, de corta estatura y que, como era la usanza del tiempo, gastaba grandes mostachos. Inmediatamente a sus lados formaban un oficial ayudante y un subteniente sub-ayudante, era este el autor de estas líneas.
Caminaba aquella gente por la calzada de Tacubaya, como se ha dicho, en dos largas hileras. Rebasan el cerro de Chapultepec y entran por el paseo de la reforma.
En formación semejante a la que guardaba el 7º. Batallón que venia de Tacubaya, por la avenida Juárez marcha otra tropa. Mas gente de armas viene haciendo rumbo hacia el centro de operaciones, caminando por el campo de florido y las calles de San Miguel.
En diversos lugares están emplazadas varias baterías de artillería, aparentemente listas para entrar en acción. Su espectacularidad hace que sobre ellas converja la curiosidad de los civiles que se han atrevido a salir a la calle.
En una de aquellas baterías esta el coronel Rubio Navarrete, acompañado por varios oficiales, con los que comenta y observa.
Frente a la alameda central esta un regimiento de rurales vistiendo su típico traje de charro y tocados con amplios sombreros. Avanza sin precipitación, pero listo para entrar en acción, pues todos sus elementos portan sus respectivos sables en la mano diestra.
Convergiendo sobre los alrededores de la ciudadela, casi no hay una calle en la que no se vean elementos militares en movimiento o haciendo sus preparativos indispensables para entrar en la acción que se ha señalado para las diez de la mañana.
En la misma ciudadela, las azoteas están materialmente coronadas de fusiles que sostienen elementos militares y civiles, codo con codo, y que están perfectamente preparados para entrar en combate. Los jefes y oficiales que les mandan, no cesan de observar los movimientos que se distinguen perfectamente desde sus posiciones, entre los distintos puntos en que las tropas del gobierno están tomando posiciones para combatirlos.
En las calles que circundaba la ciudadela, se han ubicado varios puestos avanzados, emplazándose ametralladoras, cuyos servidores están ya listos para disparar sobre el enemigo en cuanto sea avistado. Igualmente, en los puestos avanzados que protegen la ciudadela, se han emplazado piezas de artillería, cañones cuyas bocas apuntan para todos los rumbos, como si estuvieran ansiosas de escupir sus andanadas de fuego y metralla.
En el interior de la ciudadela, convertida en una verdadera fortaleza, los generales Félix Díaz y Manuel Mondragón, acompañados de varios oficiales de distintas graduaciones y armas, observan un plano extendido sobre una mesa y hacen comparaciones con otro plano, este de la ciudad, que esta sujeto a la pared.
-Con estas piezas batiremos directamente al palacio nacional –señala el general Mondragón un determinado punto en el mapa mientras habla.
-Y con estas desmontaremos a esta batería que tienen emplazada en el Campo Florido. Estas otras las emplearemos para batir al enemigo que venga por las calles de Balderas y que será objetivo fácil para nosotros.
Todos los circunstantes oyen y observan los lugares que el general Mondragón va señalando en los dos mapas y apenas si hacen algún ligero comentario en voz baja.
En otro lugar de la ciudad esta el hombre que tiene en sus manos, en cierto modo, el destino de las cosas; los hilos que pueden hacer que los acontecimientos que van a iniciarse en breves minutos, tengan un resultado determinante. Es, en esos momentos, quien puede inclinar la balanza al lado que sus personales determinaciones lo prefieran… y así lo hizo. Es el general Victoriano Huerta que, como casualmente lo hace, lleva lentes obscuros cubriendo sus ojos glaucos de mirada impersonal y huidiza. Va uniformado de caqui, y se cubre con un grueso capote. Pende de su cuello, hacia el pecho, el estuche que contiene los gemelos de campaña.
En torno del comandante militar de la plaza y, de hecho, el hombre más fuerte, militarmente hablando, están los oficiales de su estado mayor.
Todos ocupan la azotea de una casa desde la que pueden dominar, ayudados de sus gemelos, el campo sobre que se han de desarrollar las operaciones.
El general Huerta observa atentamente la marcha de las manecillas de su reloj, que en forma fatal van caminando, golpe a golpe, como si fueran latidos de un corazón mecánico, hasta llegar a la hora convenida: ¡las diez de la mañana!
Por la avenida Morelos avanza el 7º batallón, con el coronel Castillo y sus ayudantes a la cabeza, y entra en acción exactamente a la hora que previamente le había sido ordenada.
Se rompe el fuego de forma intensamente…
A los primeros disparos cae muerto instantáneamente el coronel Castillo, y otro de sus ayudantes le sigue en el viaje sin regreso. El otro, el subteniente Urquiza, rueda por tierra al ser muerto su caballo.
Entre las filas de tropa, las bajas son numerosas. El fuego de los defensores de la ciudadela es trágicamente certero y mortífero.
Las ametralladoras de los puestos avanzados que están ubicados en torno a la ciudadela y las que están emplazadas en las azoteas de la misma fortaleza, no cesan de bramar con sus lenguas de fuego, y su tableteo que parece que va marcando el ritmo en que va segando las vidas con su fuego, entre las filas reales que atacan para reconquistar aquella posición.
La infantería sigue, inexorable, su avance sobre la ciudadela. Paso a paso va acercándose, combatiendo sin cesar, por la alameda central hasta llegar a la calle ancha, hoy de Luis Moya.
Los roncos truenos de la artillería estremecen los ámbitos en los dos lados, tanto en el bando leal al gobierno como en el de os infidentes. El silbar de la metralla pone un lúgubre alarido en el aire.
En un puesto que esta servido por gente leal al gobierno, esta una granada infidente estalla precisamente bajo una pieza de artillería, desmontándola, dando muerta a numerosos hombres de los que combaten y a varios curiosos de los que se han ido acercando al cobijo de la pared.
Frente a la alameda central están a la expectativa de órdenes para entrar en acción, los rurales, que integran un regimiento.
Se llega hasta su comandante, un oficial de los que forman en el estado mayor del general Victoriano Huerta y le comunica ordenes del comandante militar de la plaza y jefe de operaciones contra la ciudadela.
-Ordena mi general Huerta que usted, con su regimiento, de una carga a fondo por las calles de Balderas, abatiendo los puestos rebeldes hasta la esquina de la Asociación cristiana –comunica el oficial.
-Pero ¡como! ¿Vamos a cargar a caballo? ...  ¡No quedaremos ninguno! –comenta asombrado el comandante de los rurales, ante una orden tan descabellada.
-Esa es la orden –dice, impersonalmente, el oficial.
Ante la evidencia de lo inevitable, el comandante del cuerpo de rurales se yergue en los estribos de su cabalgadura y, con voz entera y enérgica dice:
     -¡Se cumplirá la orden! –y volviéndose para que su gente lo escuche ordena:
-¡Escuadrones! ¡Por secciones, a la derecha, para marchar en columna! ¡Marchen!
La fuerza integrada por los rurales toma el dispositivo de columna por secciones –la sección con dieciséis hombres en fila al frente y otros dieciséis atrás. Y emprende la marcha.
A medida que van acercándose los rurales, con sable en mano, a las calles de Balderas, el comandante, que marcha a la cabeza, ordena:
-¡al trote!
Esta orden es transmitida a todo el regimiento por una trompeta que lanza el toque de “al trote”.
A los pocos segundos, y ya casi para entrar a la calle de Balderas, el comandante vuelve a ordenar a su trompeta de órdenes:
-¡A galope!
El toque es lanzado al aire con los tonos bravíos de la trompeta. La columna galopa ahora y, al entrar a la calle de Balderas, la orden del comandante es:
-¡Para cargar!
Al escuchar la orden que les envía la trompeta, la tropa se tiende sobre los caballos, adelantando la punta de su sable por un lado de la cabeza de su cabalgadura.
La mirada de los rurales busca ansiosa al enemigo sobre el que ha de hincar el acero que lleva en la diestra. Los caballos resoplan en el esfuerzo de la carga cerrada.
Están ya en plena calle de Balderas, el regimiento viene al galope largo, y nuevamente el comandante hace que la trompeta ordene:
-¡carguen!
La calle que se abre ante los rurales, aparece enteramente desierta. Solamente allá, cerca de la esquina de la asociación cristiana, esta un puesto avanzado de los rebeldes. Guardan silencio sus armas mientras los rurales lanzan sus cabalgaduras en cara cerrada sobre ellos.
Los oficiales encargados del puesto mantienen su gente en quietud, viendo como los rurales avanzan por la calle de Balderas, acercándose vertiginosamente, levando por delante los amenazadores sables.
Cuando los hombres vestidos de charro han entrado al campo que los defensores del puesto infidente estiman conveniente para ejecutarlos, como simples blancos de entrenamiento, se ordena el fuego de las ametralladoras y la fusilería de infantes.
Las primeras filas de jinetes ruedan por tierra, muertos los hombres con sus caballos.
La banda de trompetas de los rurales toca: “carga cerrada”
Varios de los trompetas no pueden terminar de lanzar al aire el toque bravío, expresión máxima de caballería, por que las balas enemigas, que los tiene enfilados sin ningún estorbo, los hacen caer muertos o gravemente heridos.
A medida que atruena el aire el fuego, el toque va menguando en intensidad y fogosidad. Su ataque decrece a medida que los hombres van cayendo atravesados por las balas enemigas… hasta que la banda de trompeta calla, calla en silencio eterno.
El regimiento de rurales ha quedado desecho.
La calle esta materialmente tapizada de cadáveres de charros y sus caballos.
La sangre comienza a corres silenciosamente en arrollo hacia las coladeras.

Acto 10
Aun para quienes no estaban acostumbrados a observar el desarrollo de una acción militar, la marcha de la batalla por la recuperación de la ciudadela ya estaba resultando un tanto rara, extraña, fuera de lo que era natural que de ella se esperara y, sobre todo, si se tomaba en cuenta las declaraciones que reiteradamente había hecho el comandante militar de la plaza y jefe de operaciones en la ciudad, general Victoriano Huerta, quien había asegurado una y otra vez, ante quien quiso oírlo, que el tomar posesión de la ciudadela y acabar con sus defensores, era una operación sumamente sencilla y que no entrañaba ningún peligro de fracaso
Sin embargo, las perdidas de vidas de parte de los leales al gobierno eran desproporcionadas y escandalosas. De cada contingente de ataque que se destacaba por cualquier parte sobre la ciudadela, por una u otra razón, el resultado era siempre que las bajas obligaban a parar la acción y volverla a empezar con nuevos elementos humanos. Y en el intervalo entre una y otra operación, la ciudadela se mantenía incólume y sus defensores no habían llegado a resentir, como era de esperarse, el verdadero rigor de un combate.
Había muchos rumores que corrían de boca en boca por los corrillos, las antesalas y hasta entre los oficiales mismos: se hablaba de órdenes equivocadas, de falta de tino en la dirección de las operaciones, de excesivos sacrificios humanos ordenados a sabiendas de que de poco o nada serviría el que se realizaran. En fin, las cosas estaban en el punto en que la filosofía popular, mas sabida que cualquier otra, justifica aquello de que “cuando el rio suena, es que agua lleva”. Sonaba el rio de los comentarios y de simples cuchicheos que empezaron a enturbiar el cielo de la concordia entre los elementos participantes en la contienda, iba subiendo el tono de la escala y ya las cosas andaban por sitios en los que su presencia si determinaba la formación de un ambiente incomodo.
¿Era esa la intención que animaba a los que daban pábulo a semejantes rumores? ¿Estaba en su mente y en sus planes el que las líneas leales al gobierno de Madero se reblandecieran bajo el impacto de la desconfianza?
Evidentemente algo había
Se palpaba en el ambiente y ya era notable para todos y comentado por todos.
Y tan era verdad lo que la gente husmeaba con esa intuición rara que hace al soldado saber, conocer, presentir dijéramos, de donde y en que magnitud se acerca el peligro, que ello queda demostrado plenamente con los acontecimientos que mas tarde fueron desarrollándose en forma inexorable, fatal.

En las oficinas del comandante militar de la plaza, general Victoriano Huerta, la animación era notable, aunque en el talante de sus allegados para nada se evidenciaba que tomaran mucha prisa en la realización de sus operaciones y cometidos.
En su oficina particular esta el general Huerta. Sobre su escritorio descansa una botella de coñac en una charola y hay una copa a medio agotar. Están con los varios jefes, tanto de su estado mayor como de otras dependencias, de las que ahora están bajo su control. Se habla sobre temas que nada tienen que ver con el desarrollo de los sucesos que están bañando materialmente de sangre a la ciudad de México.
Entra, sin previo aviso, el oficial que fuera portador de la orden girada por el general Huerta para que el regimiento de rurales diera carga contra los puestos avanzados de la ciudadela, por la calle de Balderas. Al llegar frente al general Huerta, se cuadra marcialmente y rinde parte con las siguientes palabras:
-Se comunico la orden, mi general.
-¿obedecieron?-pregunta Huerta, como queriendo confirmar lo que ya imaginaba.
-Si, mi general-afirma el oficial y, esbozando una sonrisa agrega, a guisa de comentario-: Probablemente a estas horas ya no quedara ninguno de los maderistas.
Nadie habla una sola palabra más. Parece que pasa por el aire de aquel recinto un hálito de crimen que sobrecoge a los presentes, menos al general Huerta que, largando el brazo, toma la copa y con la otra mano empuña la botella con coñac y sin derramar una sola gota del liquido, llena su coma y mientras deja nuevamente la botella sobre la charola, rodea la copa con su mano para calentaren la forma clásica el licor; pasea la mirada por los rostros de los ahí presentes y poco a poco deja que aparezca su recia faz una especie de sonrisa enigmática que juega con sus facciones prolongadamente.
Fuera, en las calles, especialmente en torno a la ciudadela, el fragor de las ametralladoras hace sincope con el esporádico, y a veces precipitado tronar de los cañones, mientras que los trallazos de la fusilería hacen como un coro trágico en aquella sinfonía de muerte. Hay momentos en que parece que el cansancio obliga a los fusiles a ir espaciando su tronar, parece que el estrepito mengua y cuando todo induce a creer que la batalla para, el combate cobra nuevos bríos y truenan nuevos tonos de metralla desgarrando los aires con su ulular espeluznante y tremendo.
Con la cercanía de la noche, el combate va cobrando aspectos más impresionantes, pues a medida que cierra la obscuridad, tal parece que las armas: cañones, ametralladoras, fusiles y pistolas intentan desbaratarla, inundando el ambiente con la pirotecnia de sus disparos que rubrican la noche con fuego y metralla.
Trabajosamente se realizan operaciones de rescate de algunos heridos, arrastrándolos hacia sitios a cubierto del fuego enemigo. Los quejidos y lamentos de los lesionados hacen mas dura la jornada para los que combaten.
Hay heridos que han quedado en el campo de nadie, sin que haya la menor posibilidad de rescatarlos. Ahí están, sintiendo como se les va la vida y como, por encima de sus cuerpos silban las balas de los dos bandos, que andan buscando carne en la cual incrustarse.
El cansancio va mermando las posibilidades de los hombres y hay en sus gargantas y estómagos los espasmos del tiempo, la sed y el hambre.
Cuando, ocasionalmente, parece alguno de los automóviles en que Gustavo Madero y otros elementos civiles designados por el para que le auxilien, o espontáneamente que se han ofrecido para hacerlo, van llevando provisiones de boca a los combatientes, parece que cayera sobre el desierto una lluvia bienhechora. Se reparte a la gente pan, tortillas, pedazos de carne asada, o lo que buenamente se puede obtener es siempre bienvenido por quien lo recibe, que lo devora mientras continua haciendo hablar su arma en procura de llevarse por delante a un enemigo.
Y así van transcurriendo las horas son que haya noción del tiempo como signo de vida, ni dato alguno de su medida. Los instantes se cuentan solamente entre disparo y disparo, entre el tiempo transcurrido en agotar un “peine” y en el necesario para reponerlo en las entrañas del arma.
En el ambiente de la población civil, la situación va cobrando signos de tragedia quieta, callada, miserable. Es la tragedia del que no puede comer, no por que no tenga con que comprar lo necesario, sino por que no hay donde ir a comprarlo, ni el valor para arriesgarse a salir en su búsqueda.
No hay que comer y cuando en algún hogar hay algo con que preparar un platillo cualquier, surge la tragedia de que no hay como cocinarlo, por que ese otro elemento indispensable en aquellos días: el carbón, se ha agotado.
Ahí empieza el sacrificio tremendo, de la gente que no participa en la contienda. Hay que destruir un mueble para convertirlo en fuego, un cuadro de mucha estimación se transforma en leña y así, en cada casa, sin más variación que la diversidad de posiciones económicas.
Se dio el caso de familias que –mas afortunadas o mas previsoras- sin determinar su previsión, se encontraron con que poseían elementos suficientes no solamente para su propia subsistencias sino hasta para acudir en auxilio de la familia amiga o el pariente al que se sabia en critica situación, dadas las circunstancias. Pero, ¿Cómo hacer llegar la ayuda de a quien iba destinada, sin exhibir una posesión que podría resultar peligrosa? Si la gente menos afortunada se daba cuenta de que en aquel hogar había elementos de consumo, era posible que se lanzaran sobre la casa, y quien sabe que podría pasar.
Pero, como siempre, el ingenio de nuestro pueblo es fuente inagotable de recursos, se pensó: si se manda un “bocadillo” en el consabido portaviandas o en el platito o cosa semejante, todo el mundo lo va a notar. Hay que hacer que parezca que el envió es todo, menos una cosa comestible. Y así se hizo; una persona muy bien arreglada, dijéramos elegante, lleva un balso en la mano, que a todas luces es una simple caja en la que van todas las cosas imaginables, menos un plato de frijoles refritos o media docena de tortillas de maíz.
Así se auxiliaban en esos días los que tenían la suerte de poder hacerlo.
El pueblo, el miserable pueblo; carne sufrida y masa hambrienta, sufrió como siempre, en su propia carne y en su propio cuerpo, las torturas del hambre y la mordedura de las balas. No podía quedarse en casa por que ello equivalía a morir de inanición. Valía la pena salir a la calle a buscar algo; siempre seria mejor morir de balazos que de un retortijón de “tripas” vacías, y así salieron los de la clase humilde. Con esa trágica determinación de que hace alarde nuestro pueblo cuando, encogiéndose de hombros, declara: “nadie se muere la víspera”. Fueron a jugar a las escondidas con las balas, para hurgar en donde fuera posible encontrar algo de comer, y muchos de ellos si murieron en esa víspera, muchos de ellos llegaron a su raya fatal, tropezándola en mitad de una calle, cuando tuvieron la mala fortuna de interponerse en el paso de una bala.
Y esto es tan cierto que aun pueden verse infinidad de fotografías capturadas por periodistas valerosos, impresas en distintos rubros. En todas ellas aparecen los cadáveres, que eran el tema obligado en el paisaje citadino. Si se observa un poco en esas fotografías, de cada cien muertos, dos o tres llevan sacos con comida, o van con ropas de cierta calidad, los demás son el ejemplo típico de nuestro humilde pueblo.
Al tercer día de combate, la ciudad era un muladar en su aspecto y en los miasmas que de cadáveres de personas y animales llevaban al aire.
Los servicios, muy precarios por cierto, que había en aquel tiempo para atender a la limpieza publica, no era de esperarse que prestaran la menor atención a sus obligaciones, estando, como estaba la ciudad, sujeta a la contingencia de una batalla cuyo final no se podía predecir.
Sectores completos de la ciudad permanecían durante la noche sumidos en la más completa oscuridad, solamente desgarrada por las rayas de fuego que trazaban en el aire las granadas y los disparos.
Canes hambrientos se daban un festín en mitad de la calle con los caballos y personas muertas por causa de los disparos. Ellos tenían la felicidad de comer sin temor alguno, pues tenían la trágica sabiduría de la ignorancia del peligro que pululaba por las calles metropolitanas.
Había dos extremos que polarizaban los valores del espíritu, si cabe decirlo así, por encima de los acontecimientos o quizás precisamente a causa de ellos:
En el palacio nacional, el presidente de la república, desechando todos los avisos que le llegaban en los que se le hacia notar la traición de que estaba siendo objeto. Para el aquello era intriga y cosa de poco valor. No creía en la perfidia de los hombres y en los más pérfidos puso su mayor confianza.
El otro extremo era la comandancia militar de la plaza, en la que el general Huerta, avieso y taimado, estaba utilizando a los hombres para fincar su propia situación. No pensó jamás en que lo que hacia era un crimen sin nombre ni medida, inaudito y desproporcionado. Para el los hombres, fuera quien fuesen, solamente eran piezas de ajedrez y nada mas.

Mientras agotaba botellas tras botella de coñac, preparaba su jaque-mate traídor y asesino.